El vestíbulo de la Torre Varela estaba sumido en un silencio asfixiante, roto únicamente por el chasquido metálico de las armas de la Interpol apuntando al pecho de Adrián.
Dante me miraba con esa sonrisa dorada, ofreciéndome un anillo invisible forjado con la libertad del hombre que yo amaba. El altar con él, o la tumba para Adrián.
Antes de que yo pudiera abrir la boca, una risa oscura, gutural y cargada de una violencia desquiciada brotó de la garganta de mi marido. Ignorando los cañones de