El rugido del motor del SUV blindado era el único sonido que rompía el silencio de la carretera secundaria. Dejamos atrás la humedad de la fábrica y el olor a metal oxidado. Frente a nosotros, las luces de la ciudad de Varela se alzaban como un incendio controlado, un ecosistema de cristal y acero que nos creía muertos, o peor aún, irrelevantes.
Miré mis manos. Ya no temblaban. La adrenalina del ataque financiero se había asentado en mis venas como un sedante frío.
—Estás muy callada, abogada —