El sonido de las teclas bajo los dedos de Santiago era el único ruido en la inmensidad de la fábrica abandonada. Cada "clic" era un clavo en el ataúd financiero del hombre que había destruido a mi familia.
Estaba de pie detrás de la silla de Santiago, con los brazos cruzados, dictando órdenes con una frialdad que no sabía que poseía. La abogada corporativa que siempre jugaba bajo las reglas del sistema acababa de morir; la que estaba dando las instrucciones ahora era una mujer dispuesta a usar