El punto láser verde esmeralda no tembló. Estaba fijo, brillante y letal, justo en el centro de la frente de Dante. El terror, un sentimiento que el impostor creía haber dominado en los demás, finalmente se apoderó de sus propios ojos.
El arma en su mano vaciló, apuntando inútilmente a Clara. Sabía que si su dedo rozaba el gatillo, el proyectil de Adrián le destrozaría el cráneo antes de que escuchara el disparo.
—Baja el arma, Dante —ordené, mi voz resonando en la nave industrial con la autori