El estallido del ventanal en la estancia contigua fue sordo, seguido por el tintineo del cristal templado al desplomarse sobre la alfombra. No hubo ráfagas de película, sino la frialdad de una ejecución silenciosa. Adrián reaccionó por puro instinto de preservación: me empujó detrás del pesado marco de la puerta de roble y se posicionó en ángulo de tiro, encañonando el pasillo con su arma. Los hombres que nos escoltaban se pegaron a los muros, las respiraciones contenidas y las armas cortas apu