El estruendo fue ensordecedor. El sedán blindado se sacudió violentamente cuando el furgón negro embistió nuestro lateral, acorralándonos contra el muro de contención.
En una fracción de segundo, el mundo se redujo a la oscuridad. El cuerpo macizo de Adrián me aplastó contra el asiento de cuero, cubriéndome por completo. Su respiración agitada chocaba contra mi cuello, y sus manos me aferraban con una fuerza desesperada, dispuesto a recibir cada bala destinada a mí.
El sonido del fuego de alto