El ático de Margaret Sterling en la Quinta Avenida olía a té de bergamota y a dinero antiguo. Era un santuario de mármol y silencio, muy por encima del caos de Nueva York.
Antes de que las puertas de caoba del salón principal se abrieran, Adrián me acorraló contra la pared del pasillo. Sus manos, envueltas en guantes de cuero oscuro, se posaron en mi cintura. La tensión en su mandíbula era evidente; odiaba estar en territorio enemigo, pero confiaba ciegamente en mi mente corporativa.
—A la meno