El documento con el sello rojo de la Corte de Ginebra parecía latir sobre la mesa de obsidiana, irradiando un calor tóxico. Miré las letras impresas, el dictamen judicial, la palabra que destruía mi mundo en una sola línea: Nulidad.
Lentamente, me giré hacia Adrián.
Esperaba que sacara su teléfono, que llamara a sus abogados, que le destrozara la mandíbula a Dante por atreverse a presentar una falsificación. Pero mi marido no se movió. Sus ojos oscuros, esos pozos de violencia y devoción que me