El muelle 4 de Brooklyn emergía de la niebla matutina como un esqueleto de hierro y contenedores oxidados. El East River golpeaba con fuerza las vigas de madera negra, salpicando agua helada sobre las ruedas del Mercedes de Agustín. El ambiente estaba cargado con el olor a salitre, combustible y la certeza inminente de una carnicería corporativa.
Nos dividimos en el perímetro industrial. Agustín, acorralado por mi amenaza de destruir su nombramiento federal, utilizaba su frecuencia oficial del