La revelación de Isabel Rivas flotaba en la niebla del East River como una sentencia de muerte diferida. El imperio por el que habíamos sangrado en Manhattan y Ginebra no dependía de las acciones de Wall Street, sino de un contrato ciego firmado hace treinta años por el padre de Adrián. Un pacto de sangre que nos obligaba a cruzar el océano si queríamos recuperar a Valeria y la soberanía de la torre.
Agustín dio un paso al frente, la brisa marina agitando su impecable abrigo gris. Su mirada rec