Mundo ficciónIniciar sesiónEl peso de Indianna entre sus brazos no lo ralentizó ni un segundo.
—¡Doc! —rugió mientras abría la puerta de una patada—. ¡¿Dónde demonios estás?!
Depositó a Indianna sobre la camilla justo cuando un hombre de mediana edad, de cabello ya salpicado de canas, entró apresuradamente en la habitación.
—Pero ¿qué...?
El médico apenas alcanzó a mirar a Indianna, que temblaba violentamente.
Greyson apretó los puños.
—¡No te quedes mirándola! ¡Ayúdala de una maldita vez! —gruñó.
Doc reaccionó al instante y corrió hasta la camilla.
—Está... está comenzando el proceso. No tenía constancia de que hubiera alguna transformación prevista tan pronto.
Un grito desgarrador escapó de la garganta de Indianna.
Sentía como si miles de cuchillas le estuvieran destrozando el estómago desde dentro.
No estaba inconsciente.
Pero tampoco tenía el control de su cuerpo.
Era consciente de los espasmos que la sacudían, aunque no tenía fuerzas para mover ni un solo músculo.
Solo existía el dolor.
—¡No pertenece a la manada, Doc! ¡Así que deja de hablar y ayúdala! —bramó Greyson.
La autoridad de su voz hizo vibrar toda la habitación.
—¿No pertenece a la manada...? —repitió Doc mientras apoyaba una mano sobre la frente de Indianna—. ¿Alfa...?
Greyson dio un paso hacia él.
—Doc... si no quieres que te arranque el corazón y te lo haga tragar, te aconsejo que hagas algo. Ahora.
El médico tragó saliva.
Después de tantos años trabajando con Greyson, ya debería estar acostumbrado a sus amenazas...
Pero seguían poniendo los pelos de punta.
—Su temperatura corporal está subiendo demasiado —informó mientras examinaba a Indianna—. Hay que bajarla cuanto antes.
—¡Pues hazlo!
Greyson apenas terminó de hablar cuando Indianna volvió a arquear la espalda con un grito.
Su cuerpo comenzó a convulsionar con violencia.
Los ojos se le fueron hacia atrás.
—Maldición... —murmuró Doc—. Está teniendo una convulsión.
Se volvió hacia Greyson.
—Necesito administrarle medicación antes de que el cerebro sufra algún daño. Sujétale el brazo.
Greyson obedeció de inmediato.
Extendió el brazo de Indianna mientras Ace, Kal, Harry y Brooklyn observaban desde un rincón de la habitación.
Brooklyn tenía los ojos llenos de lágrimas.
Harry la mantenía abrazada contra su pecho.
Con una mano le acariciaba la nuca, obligándola suavemente a esconder el rostro para que no siguiera mirando.
Su expresión permanecía completamente inexpresiva.
—Ace, inmovilízale el antebrazo —ordenó Doc.
Cuando Ace ocupó su lugar, el médico insertó con rapidez una vía intravenosa en el brazo de Indianna y la aseguró con esparadrapo.
—Ya está. Ace, conecta una mascarilla de oxígeno.
Mientras hablaba, llenó una jeringa con el medicamento y lo administró a través de la vía.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
—Puedes soltarla —le indicó a Greyson—. Le he administrado una benzodiacepina. Actuará muy rápido y debería detener la convulsión enseguida.
Luego miró la ropa de Indianna.
—Necesitamos bajarle la temperatura. Hay que quitarle la ropa cuanto antes. El calor está empeorando la crisis.
Greyson levantó la vista.
—Todos fuera.
—Greyson, unas manos extra podrían...
—Nos bastamos los dos.
Su tono no admitía discusión.
Miró a sus amigos.
—Fuera. Ahora.
Ace asintió.
—Estaremos justo afuera si necesitas algo.
Harry condujo al resto hacia la salida, prácticamente arrastrando a Brooklyn, que seguía llorando.
Cuando la puerta se cerró, el silencio invadió la habitación.
Doc volvió la vista hacia Greyson.
—¿Quién es esta chica?
Le lanzó una mirada cargada de curiosidad.
Indianna ya había dejado de convulsionar y respiraba con dificultad, aunque seguía inconsciente.
—¿Ha mostrado síntomas durante estos últimos días?
Greyson terminó de cortar cuidadosamente la camiseta de Indianna para ayudar a bajar su temperatura.
—Sí. Lleva varios días encontrándose mal. Pero eso no explica una reacción así.
Frunció el ceño.
—Nunca había visto que alguien convulsionara durante el proceso.
—Es raro, pero ocurre.
Doc comenzó a conectar los monitores que registrarían sus constantes vitales.
—Suele pasar en personas cuyo cuerpo no está preparado físicamente para la transformación.
Lo observó con atención.
—¿Qué sabes realmente de ella?
Greyson abrió la boca.
—Ella es mi...
Un gemido lo interrumpió.
Los párpados de Indianna temblaron antes de abrirse lentamente.
Parpadeó varias veces, completamente desorientada.
—¿Qué... está pasando...? —susurró.
Miró alrededor sin comprender dónde estaba.
Entonces sus ojos encontraron a Greyson.
En ese mismo instante otra oleada de dolor atravesó su cuerpo.
Gritó.
Instintivamente se aferró al brazo de Greyson.
—Greyson...
Su voz era apenas un hilo.
Entonces reparó en la vía colocada en su brazo.
En el brazalete del tensiómetro.
En los cables pegados a su pecho y a sus caderas.
El pánico se apoderó de ella.
—¿Qué está pasando? —preguntó con desesperación.
Comenzó a arrancarse los cables.
—¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto? No quiero... no me gusta... yo...
—Preciosa, tranquila —dijo Greyson con voz firme—. Él es Doc. Está intentando ayudarte.
—¡No! ¡No, no, no!
Indianna negó frenéticamente con la cabeza.
Se incorporó de golpe mientras trataba de quitarse el brazalete del tensiómetro.
Tenía la mirada completamente perdida.
Era evidente que aún no era plenamente consciente de lo que ocurría.
Otra punzada de dolor la obligó a encorvarse.
Aun así siguió intentando liberarse.
—Basta.
Greyson sujetó sus muñecas.
—Vuelve a acostarte.
—¡Suéltame!
Forcejeó con todas las fuerzas que le quedaban.
—¡Déjame ir! ¡No me toques!
Doc observó la escena con calma.
—Después de una convulsión es normal que el paciente esté alterado. Tenemos que conseguir que se tranquilice. Si sigue agitándose, la fiebre aumentará todavía más.
Greyson soltó un gruñido.
—Eso ya lo había deducido.
Intentaba inmovilizar los brazos y las piernas de Indianna, que no dejaba de debatirse.
—Preciosa, escúchame...
—¡Suéltame!
Greyson endureció la mirada.
—No me obligues a inmovilizarte en la cama.
—No puedo estar aquí...
La voz de Indianna se quebró.
Levantó una pierna con violencia y estuvo a punto de golpear a Doc en la cara.
Greyson soltó un suspiro.
Subió a la camilla y se colocó sobre ella para impedir que siguiera moviendo las piernas.
Sujetó sus muñecas por encima de la cabeza.
Aun así, Indianna siguió retorciéndose desesperadamente bajo él.
—No soporto los hospitales... tengo que irme...
Su respiración era entrecortada.
—Greyson, déjame...
Un espasmo de dolor le arrancó otro gemido.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—P-por favor... —suplicó en un susurro.







