—¡No dejaré que me separen de mi bebé cuando nazca!
La voz de Elena rompió el silencio de la gélida calle, pero su valentía pareció evaporarse cuando Diego, lejos de retroceder, apretó su agarre. La enorme mano del hombre ya no solo la tocaba, sino que apresaba su mentón con fuerza, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás hasta que los músculos de su cuello se tensaron. Al mismo tiempo, el otro brazo de Diego rodeaba su cintura, pegándola tanto a él que el aire desapareció entre sus cuerpo