Esa mañana, la lluvia caía con brutalidad, golpeando los ventanales de la mansión con un ritmo sofocante. Tal como había prometido, Diego apareció en el umbral de la habitación de Elena exactamente a las nueve. Permanecía erguido, envuelto en un traje formal negro; parecía un ángel de la muerte, apuesto pero letal.
—Levántate. Tienes diez minutos antes de que cambie de opinión —sentenció Diego con frialdad. No hubo buenos días. Solo una orden absoluta.
Elena, que estaba lista desde el amanecer,