Diego se vio obligado a dejar a Elena en su despacho mientras comenzaba su reunión con los clientes de Londres. Aunque reacio, debía concentrarse en una agenda de billones de dólares.
—Quédate aquí. No salgas por nada hasta que yo regrese —ordenó Diego con firmeza antes de cerrar la puerta.
Sin embargo, pasó una hora y las frías paredes de cristal empezaron a sentirse como una prisión para Elena. Sus náuseas habían cedido, reemplazadas por una sensación de asfixia por el encierro. Necesitaba ai