—¿Crees que un estante tan alto se someterá a tu terquedad, Elena?
Aquella voz profunda rompió el silencio de la biblioteca privada de la residencia Alvarez. Elena se sobresaltó; sus pies, apoyados apenas en el borde de una silla de teca, flaquearon. Intentaba alcanzar una novela clásica en la repisa superior, pero perdió el equilibrio en el instante en que la silla se desplazó.
—¡Ah! —soltó Elena en un pequeño grito.
Su cuerpo flotó en el aire por un segundo antes de que un par de brazos firme