Esa mañana, la atmósfera en la residencia Alvarez era sofocante. Diego no permitía que Elena se alejara de su vista ni un solo segundo. El hombre permanecía erguido frente a la puerta de la habitación de Elena, impecable en su rígido traje negro.
—Date prisa, Elena. No tengo todo el día —la voz de Diego era fría, pero ocultaba un rastro de ansiedad tras su semblante imperturbable.
Elena salió de la habitación con paso vacilante. Vestía un sencillo vestido de algodón holgado. Con apenas dos