—¡Cierra la boca, Mónica! —gritó Elena con una voz aguda y desesperada.
Los ojos de Elena se desencajaron al ver la pila de madera incandescente que caía sobre el cuerpo de Diego. El denso humo negro hacía que le ardiera la garganta, pero no le importó. Avanzó a gatas, ignorando el calor abrasador del suelo de cemento y apartando con las manos desnudas las pequeñas maderas envueltas en llamas.
—¡Diego! ¡Despierta, Diego! —gritó Elena fuera de sí, mientras sus lágrimas caían trazando surcos sobr