—¡Un paso más, Diego! ¡No te rindas!
Elena contuvo el aliento mientras extendía ambas manos, lista para sostener el alto cuerpo de Diego, que temblaba con fuerza.
Diego lanzó un leve gruñido. Un sudor frío le corría a mares por la frente, empapando la delgada camiseta que llevaba puesta. Sus manos se aferraban con firmeza a las barras paralelas en la sala de fisioterapia del Hospital de Pasiro. Su pierna derecha se apoyaba con rigidez sobre el suelo, mientras que su hombro, envuelto en gruesos