—Esa suara no viene del pasillo de enfrente, Diego —susurró Elena. Sus ojos miraban con pánico hacia la esquina oscura a su derecha—. Viene de dentro del teléfono que acaba de sonar.
Diego contempló la pantalla de su teléfono inteligente, que yacía sobre la pequeña mesa del corredor. Un número desconocido aparecía claramente reflejado. Sin apartar la mirada del pasillo de las escaleras de emergencia, agarró el teléfono y presionó el botón de contestar.
—Diego —la voz de Mónica sonó estridente,