—Elena...
La voz ronca que provenía de detrás de la mascarilla de oxígeno vibró con extrema debilidad. Diego cerró los ojos por un instante y luego volvió a abrirlos con gran esfuerzo. Su mirada, aún tenue, se fijó con firmeza en el rostro de Elena.
—Aquí estoy, Diego. Estoy aquí —susurró Elena apresuradamente. Las lágrimas brotaron con mayor fuerza, cayendo sobre los dedos de Diego que permanecían entre los suyos.
La puerta de la UCI se abrió de golpe. El médico, acompañado de dos enfermeras