—Regresa al pasillo delantero, Elena. Tu tarea aún no ha terminado.
La voz de Arez llegó distorsionada desde el pequeño interfono junto a la puerta de hierro de la sala de control. Elena retiró la mano, justo cuando se disponía a golpear el metal una vez más, y apretó los dedos, que sentía rígidos por la tensión.
—Se terminó el líquido de limpieza, señor Arez. Necesito rellenarlo en este almacén —dijo Elena, alzando la voz a propósito para que se filtrara por las rendijas de la puerta.
—Usa el