—¿Quién es Diego? ¿Es tu amigo?
La pregunta se deslizó de los labios de Arez, tan cerca yang Elena pudo sentir el aliento cálido del hombre rozar sus propios labios entreabiertos. Su dedo anular herido aún flotaba en el aire, temblando levemente, acortando la distancia hasta casi hacer desaparecer el espacio entre sus pieles.
Elena no retrocedió. La curiosidad, mezclada con el miedo, la impulsó a aferrarse al cuello del uniforme de Arez.
—No finjas que tidak sabes de qué hablo. Tu voz, la forma