—No te esfuerces demasiado si todavía estás cansada, Elena. Siéntate, deja que la abuela se encargue del resto.
Elena interrumpió el movimiento de sus manos, que en ese momento acomodaban unas tazas de cerámica sobre un viejo estante de madera. Giró la cabeza y le dedicó una leve sonrisa, visiblemente forzada, a la anciana que barría el suelo de cemento.
—Estoy bien, abuela. Solo quedan estas pocas cosas —respondió Elena, con una voz que sonaba plana, desprovista de la vitalidad que solía irrad