—Escuché el ruido de un auto afuera, Elena. ¿Quién ha venido? —La abuela Nancy entró a la habitación con el rostro desencajado por la angustia.
Elena no respondió de inmediato. Mantenía la espalda completamente pegada a la pared, justo al lado de la ventana. Con ambas manos estrujaba el borde de la cortina con tal fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. Su respiración era agitada, subía y bajaba sin ningún control.
—¿Elena? ¿Me estás escuchando? —La abuela Nancy se aproximó y le tocó