—¡No te atrevas a dar un solo paso fuera de esta casa, Diego! —La voz de la abuela Martha se elevó, frenando en seco a Diego, yang ya se disponía a marcharse.
Diego interrumpió su avance justo frente a la puerta. Los hombros se le tensaron. Giró el cuerpo con la mandíbula rígida, clavando en su abuela una mirada cargada de impaciencia.
—Ella está allá, abuela. Tengo que ir a buscarla ahora mismo. No puedo seguir perdiendo el tiempo —dijo Diego, con la voz trémula por la intensidad de sus emocio