La noche caía sobre la ciudad como un velo húmedo, cargado de electricidad por la tormenta que se avecinaba. Las luces de los faroles se reflejaban en el pavimento mojado, y un club privado, discreto en apariencia, se erguía entre sombras y murmullos de un barrio que guardaba más secretos de los que dejaba ver.
Eleanor aguardaba sola en un salón reservado, de cortinas pesadas y sillones de cuero oscuro. El lugar estaba impregnado de un olor antiguo a madera y cigarro, un escenario perfecto para