La noche cayó sobre la ciudad como un telón espeso, y mientras las luces de los edificios parpadeaban en la distancia, yo no podía dejar de pensar en lo extraño que era todo. Alexander me había invitado a cenar en su habitación del hotel. No en un restaurante, no en un salón lleno de gente elegante, sino en su habitación. Había algo en esa invitación que me había hecho sentir mariposas y un leve temblor en el pecho. Alexander nunca hacía las cosas al azar; cada gesto suyo parecía tener un propó