Anne despertó sobresaltada, con el corazón latiendo con tanta fuerza que le dolía el pecho. El sudor perlaba su frente, y por un momento no supo dónde estaba. Las imágenes de la pesadilla aún la perseguían: sombras que la llamaban por su nombre, un mar de voces y un eco de abandono que parecía desgarrarle el alma. Cerró los ojos con fuerza, intentando alejar el recuerdo, pero la angustia se aferraba a ella.
Alexander fue el primero en notar su desvelo. Se incorporó de inmediato, con esa mezcla de preocupación y determinación que lo caracterizaba.
—Anne… —su voz fue un murmullo grave, pero cálido—. ¿Otra vez los sueños?
Ella asintió, sin poder hablar. Tenía la garganta seca, como si hubiera estado gritando en sueños. Alexander no insistió con preguntas. Simplemente se acercó, la rodeó con sus brazos y la sostuvo en silencio, permitiéndole recuperar el aliento.
—No quiero cerrar los ojos… —susurró ella, quebrada—. Siento que si lo hago, volverá esa oscuridad.
Él acarició su cabello con