Anne y Alexander habían decidido salir unos días de la ciudad. Para ella fue un alivio, pues sentía que por fin podía respirar sin el peso de la tensión que Eleanor solía sembrar en cada rincón de su vida. Según los informantes de Alexander, la mujer había estado postrada en cama desde la semana pasada, debilitada por algo que la mantenía encerrada entre sábanas y medicamentos. Esa pausa forzada parecía darle un respiro a Anne, quien por primera vez en mucho tiempo experimentaba una calma que casi había olvidado.
Gabriel había regresado a la Riviera Maya para continuar con sus proyectos, mientras su padre y su hermano permanecían en la mansión familiar. La vida parecía fluir con cierta normalidad. Las pequeñas vacaciones trajeron consigo risas, paseos y una sensación de ligereza que Anne no vivía desde la luna de miel. Era como si un pedazo de su alegría hubiera regresado, aunque los sueños seguían atormentándola.
En esas noches, las figuras de su madre y de su hermanito aparecían con