La jarra rota en el suelo, el cojín arrugado, eran testigos mudos de la tormenta que había estallado dentro de ella. La furia, tan ardiente como el fuego de la chimenea, había sido una descarga necesaria. Pero ahora, bajo la luz fría de la luna que se colaba por la ventana, esa rabia se transformó en una resolución helada. No podía ser. No podía permitir que la engañaran así, que la usaran como un objeto, que pusieran en peligro a Wolf, el hombre que, a pesar de todo, había viajado por ella.
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