55: El Muro de Cristal.
La cena transcurrió en silencio. No un silencio cómodo, como los que solíamos compartir, sino uno tenso, cargado de palabras que ninguno de los dos se atrevía a decir. Lucy, ajena a la tormenta que se cocinaba entre nosotros, comió sus espaguetis con entusiasmo y contó una historia interminable sobre un niño de su clase que había llevado una serpiente de mascota al colegio.
William asentía con la cabeza, pero sus ojos no se apartaban de mí. Me observaba como si intentara leer algo en mi rostro,