La noche había caído sobre Manhattan como una losa de terciopelo oscuro. Las luces de la ciudad titilaban al otro lado de los ventanales del penthouse, pero Guillermo Renard no las veía. Llevaba una hora sentado en su sillón de cuero, con una copa de coñac en la mano y la mirada perdida en el vacío, esperando.
La puerta se abrió sin que llamaran.
Laura entró con paso inseguro, algo que no le había visto nunca. Llevaba el traje gris que había usado para su encuentro con William, pero ahora estab