Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
"Isabel va a declarar en tu contra."
La frase queda flotando en la cocina. El vapor del café ya se disipó. Las tazas están vacías. La noche sigue siendo noche. Pero algo cambió.
—¿Cuándo? —pregunto.
—Mañana a primera hora.
—¿Qué más dijo Camila?
—Que Peralta necesita verte. Que tienen información nueva. Algo sobre los votos.
—¿Algo bueno o algo malo?
—No especificó.
Apoyo la taza en la mesa. Miro la ventana. Aldenvera está oscura. Las luces de la ciudad. Los edificios. Las vidas que no se detienen porque la nuestra se desmoronó.
—¿Qué hacemos? —pregunto.
—Dormir. No sirve de nada estar despiertos toda la noche.
—¿Dónde?
Sebastian me mira. La pregunta es simple. La respuesta no.
—En mi habitación —dice—. O en la tuya. O cada uno en la suya. Como quieras.
—No quiero estar sola.
—Entonces no estés sola.
—Tampoco quiero fingir que todo está bien.
—No te pido que finjas.
Camino al pasillo. La puerta de su habitación está abierta. La mía también. Dos cuartos. Dos camas. Un pasillo de por medio.
—Voy a quedarme en la mía —digo—. Pero deja la puerta abierta.
—Está bien.
Nos separamos. Cada uno a su cuarto. Las luces apagadas. El silencio. El peso de lo que viene mañana.
No duermo. Escucho su respiración del otro lado del pasillo. Tampoco duerme. Pero ninguno cruza. No es momento. No todavía.
Pienso en Isabel. En los años de amistad. En los abrazos. En los "te quiero" que ahora sé que eran mentira. O tal vez no. Tal vez alguna vez fueron verdad. Antes de que Hector. Antes de que Rodrigo. Antes de que el poder fuera más importante que todo.
Cierro los ojos. No viene el sueño. Vienen las preguntas. Las que no tienen respuesta.
La madrugada llega sin permiso. El sol empieza a filtrarse por las persianas. Me levanto. Voy a la cocina. Sebastian ya está ahí. Dos tazas humeando sobre la encimera. Las preparó él. Como siempre.
—¿Dormiste? —pregunta.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Hablaste con Peralta?
—Anoche. Después de que te fuiste a tu habitación.
—¿Y?
—Tiene un plan. Pero necesita que vayamos temprano.
—¿Qué plan?
—Ganar.
—¿Con qué pruebas?
—Con las que tenemos. Y con una más.
—¿Cuál?
Sebastian me mira.
—Yo voy a declarar.
—¿Tú?
—Soy tu esposo. Nadie mejor que yo para decir que esto es real.
—¿Y si no te creen?
—Entonces habremos perdido. Pero juntos.
Bajo la mirada. Miro mis manos. Las uñas pintadas. Las manos que construyeron esta empresa. Las manos que eligieron a Sebastian de una lista. Las manos que ahora tiemblan.
—¿Qué más dijo Peralta?
—Que Rodrigo tiene dos votos asegurados. Que Isabel va a declarar. Que si conseguimos tres indecisos, empatamos. Si empatamos, la asamblea se disuelve y tú sigues.
—¿Sigo? No gané. Empaté.
—Empatar no es perder.
—En esta familia, empatar es perder.
Sebastian no discute. Sabe que tengo razón.
Nos vestimos en silencio. Él traje oscuro. Yo traje negro. El de las batallas. El de las asambleas. El de los días donde necesito que nadie sepa que me duele algo.
Salimos. El auto nos espera abajo. Aldenvera está gris. El cielo nublado. Como si la ciudad supiera lo que viene.
En el camino, Sebastian recibe un mensaje. Lo lee. Sonríe. No mucho. Pero sonríe.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Camila. Dice que tiene una playlist para hoy. Se llama 'La venganza de las que siempre tuvieron razón'.
—Por supuesto que sí.
—También dice que no importa lo que pase, ustedes dos son el verdadero amor de su vida. Después de los separadores de colores, claro.
—Camila es la única persona que puede hacer un chiste sobre separadores de colores en medio de una crisis.
—Por eso la quieres.
—Por eso la quiero.
Llegamos. El edificio del Grupo Monteclair. Los vidrios negros. El logo en la entrada. Los periodistas en la puerta. Las cámaras. Las luces. Más que la última vez. Muchas más.
—¿Lista? —pregunta Sebastian.
—No. Pero vamos.
Salimos. Las preguntas nos atraviesan. No respondo ninguna. Camino mirando al frente. Sebastian a mi lado. Esta vez sus dedos no rozan los míos. Esta vez me toma la mano. Firme.
Los flashes. Los gritos. "¿Es verdad que Isabel la va a denunciar?" "¿Va a renunciar?" "¿Qué dice de la lista?"
Nada. No digo nada.
Entramos. El lobby está vacío. Los guardias. La recepcionista. El ascensor. Subimos.
Piso quince.
El pasillo. La sala de juntas. Las puertas cerradas.
Peralta nos espera afuera. Camila también. Tiene los ojos rojos. No durmió. Pero cuando nos ve juntos, caminando al mismo ritmo, conectados sin hablar, su cara se ilumina como si hubiera visto un milagro.
—Lo sabía —dice Camila, con una sonrisa que no puede contener.
—¿Qué cosa? —pregunto.
—Que iban a volver. Ustedes dos son... no sé cómo explicarlo. Son como los separadores de colores. Cada uno es útil por separado. Pero juntos organizan todo. Tienen sentido.
—Camila —dice Sebastian.
—Ya sé. Estoy siendo cursi. Pero es la verdad. La vi cuando usted se fue, Sebastian. No comía, no dormía, no escuchaba mis playlists. Ni siquiera la de 'Decisiones Valientes'. Y lo vi cuando ella no estaba, Sebastian. Caminaba por el pasillo como un fantasma. Mateo me contó. Ustedes se necesitan. No deberían volver a separarse. Juntos son más fuertes. Como las carpetas con separadores de colores. Todo tiene su lugar.
—Camila —dice Peralta, interrumpiendo—. Tenemos una asamblea que ganar.
—Ya sé. Pero alguien tenía que decirlo. Usted no lo iba a hacer, jefa. Usted es mala para decir estas cosas.
—Camila...
—No se enoje. Es la verdad. Usted prefiere citar a Simone de Beauvoir antes que decir 'te quiero'. Pero yo lo digo por usted. Lo quieren. Y él también la quiere. Y eso es más importante que cualquier voto.
La abrazo. No sé cuándo fue la última vez que abracé a Camila. Tal vez nunca. Pero hoy sí.
—Gracias —le digo al oído.
—Por eso estoy aquí, jefa. No solo por los separadores de colores. Por usted.
Peralta nos mira.
—Isabel ya está adentro. Rodrigo también. Los directores están esperando.
—¿Quién más? —pregunto.
—Fernando Salas. Los tres indecisos. Los que votaron en contra la última vez.
—¿Alguna buena noticia?
—Salas está de nuestro lado. Convenció a otro. Necesitamos uno más.
—¿Uno más?
—Uno más y empatamos.
—¿Y si no viene?
—Entonces perdemos.
Miro la puerta. Miro a Sebastian. Miro a Camila. Miro a Peralta.
—Entremos —digo.
Sebastian me toma la mano. Camila asiente. Peralta abre la puerta.
Adentro está Rodrigo. Está Isabel. Están los directores.
Isabel me mira. No baja la mirada. No se sonroja. No se arrepiente.
La miro.
—Hola, Val —dice.
No respondo.
Me siento en la cabecera.
Que empiece el juicio.







