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Capítulo 55: Lo que dijo Isabel

POV: Valentina

Leo el mensaje.

"¿De verdad crees que fue al departamento de soltera por casualidad? No quiere volver al neutral. No quiere enfrentar lo que pasó ahí. Sabe que, si vuelven, todo va a ser igual. Que no cambió nada. Pregúntale por qué huyó. - I"

Bajo el teléfono. Isabel sigue jugando sucio. No miente del todo. Esa es su técnica. La verdad a medias. La más venenosa. La que usan los abogados cuando no tienen pruebas, pero tienen intención.

No fui al neutral porque no quería estar sola en un lugar que es nuestro. Eso es verdad. ¿Eso es miedo? Sí. ¿Eso es esconderme? También. ¿Eso es lo que ella dice? Por supuesto. Pero no es toda la verdad. Y ella lo sabe.

Simone de Beauvoir escribió sobre la mala fe. Sobre cómo nos mentimos a nosotras mismas para soportar lo insoportable. Isabel no es Simone. Isabel es solo una traidora con buena dialéctica.

—Ya lo leí —dice Sebastian. Su voz es tranquila. Demasiado tranquila—. Quiero saber qué piensas tú.

—¿Qué quieres que piense? ¿Que Isabel tiene razón? ¿Que soy una cobarde que huye de los recuerdos? Porque si es eso, ahorrémonos el diálogo. Ya tengo suficiente con el directorio. No necesito que mi ex amiga me haga un análisis existencial de mis miedos.

—No quiero que pienses eso. Quiero la verdad.

—La verdad —repito, como si la palabra fuera un chiste—. La verdad es que Isabel es una traidora. La verdad es que no fui al neutral porque no quería enfrentar el hecho de que todo se rompió. La verdad es que tengo miedo. ¿Feliz? ¿Eso querías escuchar? Porque duele decirlo. Duele más que cualquier cláusula del testamento.

Sebastian no se inmuta. Me mira fijo. No huye.

—No estoy siendo tu enemigo, Valentina.

—No. Estás siendo mi esposo. Lo que es peor. Porque los enemigos se enfrentan con argumentos. Los esposos tienen que confiar. Y la confianza no se construye con frases bonitas. Se construye con días. Con silencios. Con no irse cuando todo duele.

—No me fui.

—Te fuiste. Volviste. Pero te fuiste.

—Y tu no me buscaste.

—Me crucé a Isabel en la puerta. ¿Eso cuenta?

—No.

El silencio se vuelve denso. El mismo de la cocina después de la noche del escritorio. Pero este es distinto. Este no es de evasión. Este es de todo lo contrario. Es el silencio de dos personas que están diciéndose las cosas que no dijeron antes.

—¿Cómo hacemos? —pregunto.

—No lo sé —dice Sebastian—. Pero quiero intentarlo.

—¿Intentar qué? ¿Hacernos los que no pasó nada? ¿Volver a la cocina como si la lista no existiera? Porque Virginia Woolf no escribió sobre eso. No hay manual para reconstruir un matrimonio de conveniencia después de que tu mejor amiga lo destruye. Es un nicho muy específico.

Sebastian casi sonríe. Casi.

—Siempre con tus referencias.

—Es mi única defensa contra el absurdo. Betty Friedan decía que el feminismo no es una receta para la felicidad. Bueno, esto tampoco. Esto es un desastre.

—Pero estamos juntos en el desastre.

—Eso no es suficiente.

—No. Pero es un comienzo.

Sebastian cierra los ojos. Respira hondo. Cuando los abre, algo en él cambió. No es el hombre que se fue al hotel. No es el que dudó en el pasillo. Es otro. Más quieto. Más presente.

—Vamos al neutral —dice.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Y si no funciona?

—Entonces lo intentamos de nuevo mañana. Y si no funciona, al día siguiente. Hasta que funcione. O hasta que nos cansemos. Pero no quiero quedarme con la duda de no haberlo intentado.

—Eso es muy optimista para alguien que leyó todo el expediente de la lista.

—El optimismo no es lo mío. La terquedad sí.

Casi sonrío. Casi de verdad.

—Está bien.

—¿Segura?

—No. Pero voy.

Nos levantamos. Agarramos las llaves. Salimos.

El edificio de mi departamento de soltera se queda atrás. Las cuadras pasan. El viento frío. La noche oscura. Las luces de los edificios se reflejan en el asfalto mojado. Sigo sin recordar cuándo empezó a llover. O tal vez nunca llovió. Tal vez soy yo la que está mojada.

No hablamos. No hace falta. Las palabras ya se dijeron. Ahora toca actuar.

Llegamos. Subimos. Abro la puerta.

El departamento neutral está igual. Las dos tazas en el armario. La encimera vacía. La cama deshecha de la última noche que dormimos juntos, antes de que todo se rompiera. Las sábanas arrugadas. La almohada con la marca de su cabeza. El silencio que pesa como una losa.

Me quedo en el umbral. No puedo entrar. Las piernas no me responden. El corazón me late demasiado rápido.

—Entra —dice Sebastian.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si entro, esto se vuelve real. Y si se vuelve real, puedo volver a perderlo. Simone de Beauvoir decía que la mujer no nace, se hace. Yo me hice sola. Diez años. Sin pedir permiso. Y ahora no sé quién soy si esto no funciona.

—No tienes que saberlo ahora.

—No tengo que saberlo nunca. Pero necesito intentarlo.

Sebastian me tiende la mano. No es un gesto romántico. No es una declaración. Es una oferta. Nada más.

—Entremos juntos —dice.

Tomo su mano.

Entramos.

La puerta se cierra detrás de nosotros. El clic suave. El mismo de todas las puertas. Pero esta noche es diferente. Esta noche elegimos quedarnos.

Camino a la cocina. Abro el armario. Saco las dos tazas.

—¿Qué haces? —pregunta Sebastian.

—Preparar café. Es nuestro ritual. No voy a dejar que Isabel nos lo quite.

—Son las dos de la mañana.

—Lo sé.

Pongo el agua a calentar. El hervidor suena. La cocina se llena de vapor. El mismo vapor de todas las noches. Pero esta noche es distinto.

Sebastian se apoya en la encimera. Me mira.

—¿Vamos a estar bien?

—No lo sé —digo—. Pero vamos a intentarlo.

El agua hierve. Sirvo las dos tazas. Le paso una.

—Las dos tazas —dice.

—Las dos tazas —repito.

Bebemos en silencio. El café está caliente. La noche está quieta.

El teléfono de Sebastian vibra.

—No lo mires —digo.

—¿Y si es importante?

—No hay nada más importante que esto.

Sebastian deja el teléfono en la mesa. No lo mira.

El teléfono vibra otra vez.

Sebastian mira la pantalla. Su cara se tensa.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Camila —dice—. Dice que Rodrigo convocó una reunión del directorio. Mañana a primera hora.

—¿Algo más?

Sebastian mira la pantalla un segundo más.

—Isabel va a declarar en tu contra.

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