Capítulo 57: El juicio

POV: Valentina

La sala está llena.

Las mismas dieciséis sillas. La misma mesa. Los mismos directores. Pero el aire es distinto. Más denso. Como antes de una tormenta. Como la noche antes de que todo se rompa. Como ahora.

Rodrigo está sentado a mi derecha. No en mi silla. La mía es la cabecera. La que ocupo desde que Ernesto murió. La que él me prometió cuando yo tenía doce años y él me explicó qué hacía cada persona en esta sala. Pero Rodrigo la mira como si ya fuera suya. Como si yo fuera un estorbo. Como si los años de trabajo no valieran nada.

Isabel está enfrente. Del otro lado de la mesa. Con traje de abogada. Carpeta. Bolígrafo. Cara seria. La que pone cuando va a defender a un cliente. La que usó conmigo durante años mientras me traicionaba. Hoy no defiende a nadie. Acusa.

Camila está contra la pared. Con Sebastian. Los dos en sillas plegables. Los dos esperando. Camila tiene los ojos rojos. No durmió. Sebastian está quieto. Su mano cerca de la mía. No me toca. No hace falta.

Peralta ocupa su lugar. El de siempre. El que ha ocupado durante treinta años. La voz grave. La mirada fija.

—Señores directores —dice—. Esta asamblea tiene por objeto esclarecer los hechos relacionados con el matrimonio de la presidenta y su posible impacto en la estabilidad del Grupo. Tiene la palabra la señora Isabel López.

Isabel se pone de pie.

Ajusta la carpeta. Mira a los directores. No me mira a mí. No puede.

—Gracias, señor Peralta. Voy a ser breve. No porque no tenga nada que decir. Porque la verdad es simple.

La verdad.

Isabel habla de verdad. La misma que me juró cuando éramos amigas. La misma que violó cuando se acostó con Hector. La misma que usa hoy para destruirme. La ironía es tan absurda que Simone de Beauvoir se revolvería en su tumba. O tal vez no. Tal vez escribiría un capítulo sobre esto. De la amistad como máscara de la traición.

—Yo fui testigo de cómo la señora Monteclair planeó su matrimonio. Vi la carpeta con los candidatos. Leí las anotaciones. Escuché las frases. Técnicamente funcional como ser humano. El menos pelotudo. Esas no son invenciones. Son reales. Están documentadas. Están en los mensajes que todos conocen.

Los directores murmuran. Alguno carraspea. El director Fernández, el que siempre espera para ver qué lado sopla el viento, anota algo en su carpeta.

—El matrimonio fue una estrategia —sigue Isabel—. Nada más. Una cláusula del testamento. Un contrato. No hubo amor. No lo hubo entonces. ¿Lo hay ahora? No lo sé. Pero eso no borra cómo empezó. Cómo eligió. Cómo evaluó. Cómo descartó.

Rodrigo sonríe. Esa sonrisa que practica frente al espejo. La que usó siempre, desde que éramos niños, para conseguir lo que quería.

Peralta me pasa una nota. "¿Respondemos?"

Escribo: "Todavía no."

—Señora López —dice Peralta—. ¿Tiene pruebas de que el matrimonio sigue siendo una estrategia actualmente?

—No. Pero no hace falta. La duda ya está plantada. Y en un directorio, la duda es suficiente para tomar medidas.

—La duda no es una prueba legal.

—Esto no es un tribunal. Es una asamblea de accionistas. Aquí no se necesitan pruebas. Se necesita confianza. Y la confianza en la presidenta está rota.

Isabel se sienta.

Me mira. Por primera vez en toda su declaración, me mira. No hay rencor en sus ojos. No hay odio. Hay algo peor. Indiferencia. Como si yo ya no importara. Como si los años de amistad no hubieran existido. Como si abrazarme y decirme "te quiero" hubiera sido solo una táctica. Otra más.

—Tiene la palabra la señora Monteclair —dice Peralta.

Me pongo de pie.

La sala queda en silencio. Los directores me miran. Rodrigo me mira. Isabel también. Camila, desde la pared, contiene la respiración. Sebastian también.

—Señores directores —digo—. No voy a negar que el matrimonio empezó como una estrategia. Sería mentira. Y no voy a mentirles. No ahora. No después de todo.

Pausa. Miro a Isabel. Ella no baja la mirada. Pero algo en sus ojos se mueve.

—Lo que empezó como un contrato se convirtió en algo real. No fue planeado. No fue conveniente. Fue incómodo, desordenado, doloroso. Y si quieren saber cómo es el amor, no miren al principio. Miren al final. Cuando todo se rompió y él volvió. Cuando yo no sabía si iba a volver y él estaba sentado en el escalón de mi edificio, esperando.

Los directores se miran entre sí.

—Si alguien en esta sala duda de mi palabra —sigo—, que hable con mi esposo. Él está aquí. Él puede decirlo mejor que yo.

Sebastian se pone de pie.

No está en la mesa. No puede. No es director. No es accionista. Está en una silla contra la pared, donde lo dejaron esperar. Pero cuando se levanta, toda la sala lo mira. Incluso Rodrigo. Incluso Isabel.

—Soy Sebastian Varel —dice. Su voz es tranquila. Firme. Como cuando negociamos el contrato. Como cuando dijo que no la primera vez—. CEO de Varel Industries. Esposo de Valentina Monteclair. Vine a decir una sola cosa: esto es real. No me importa cómo empezó. Me importa cómo sigue. Y yo quiero seguir. Con ella. Con esto. No hay contrato que me obligue. No hay cláusula que me ate. El contrato ya se cumplió. El testamento también. Estoy aquí porque quiero. Porque la quiero.

Silencio.

Rodrigo pierde la sonrisa.

—¿Alguna pregunta para el señor Varel? —dice Peralta.

Nadie habla. Ni Fernández. Ni los indecisos. Nadie.

—Tiene la palabra la señorita Camila Rojas.

Camila se pone de pie. Tiene los ojos húmedos. Pero la voz firme. Más firme que nunca.

—Yo escribí esas anotaciones —dice—. La de técnicamente funcional como ser humano. La de la lista. La de el menos pelotudo. Todo. Fui yo. La jefa no me pidió que las escribiera. Yo lo hice porque me parecía divertido. Porque no pensé que nadie las iba a ver. Porque era una broma. Una broma de mal gusto, lo sé. Pero no significaba nada. La jefa no es así. Ella no es la persona que dice Isabel. Es buena. Es justa. Trabaja más que nadie. Y si cometió un error, fue confiar en la gente equivocada.

Camila mira a Isabel.

—Como yo. Como usted.

Isabel baja la mirada. Por primera vez, baja la mirada.

—No más preguntas —dice Camila.

Se sienta. Sebastian le pone una mano en el hombro.

Peralta pide la votación.

Los directores escriben. Doblan. Depositan.

Pasan las papeletas. Peralta las cuenta.

Silencio.

El tiempo se detiene. O sigue. No sé.

—Ocho a favor de mantener la presidencia. Ocho en contra.

Empate.

Rodrigo se pone de pie de un salto. La silla rueda hacia atrás.

—¡Esto no es un empate! Yo soy el presidente interino. El voto de calidad es mío.

—No —dice Peralta, con la calma de treinta años—. El voto de calidad es de la presidenta. Por estatuto. Porque ella es la presidenta. Interina o no, mientras no haya sido destituida, tiene derecho a voto.

—¡Eso no es justo!

—No es cuestión de justicia. Es cuestión de estatuto.

Rodrigo me mira. Sus ojos. Los mismos que me miraron toda la vida. Los mismos que siempre me tuvieron envidia.

—Usted no puede votar. Está en conflicto de intereses.

—El estatuto no lo prohíbe —dice Peralta.

—Entonces lo vamos a llevar a los tribunales.

—Adelante. Mientras tanto, la presidenta vota.

Silencio.

Me pongo de pie.

—Voto a favor de mantener la presidencia.

—Nueve a ocho —dice Peralta—. La presidenta continúa en su cargo. La asamblea se levanta.

Rodrigo golpea la mesa. La madera tiembla. Los vasos tintinean.

—Esto no termina acá, prima.

—Lo sé —digo—. Nunca termina. Pero hoy, gané.

Isabel recoge sus cosas sin apuro. Sin mirarme. Sin decir nada. Sale. La puerta se cierra detrás de ella. No se despide. No pide perdón. No hace nada.

Rodrigo la sigue.

Los directores se van. Algunos me felicitan. Otros no. No me importa.

Peralta suspira. Cierra su carpeta.

—Me jubilo —dice.

—No va a jubilarse nunca, Peralta.

—Tal vez no.

Camila llora. Sebastian la abraza. Después me abraza a mí. No dice nada. No hace falta.

Gané. Pero no se siente como una victoria. Se siente como el final de algo. O el principio. No sé.

—¿Y ahora? —pregunta Sebastian.

—Ahora, a reconstruir.

—¿Juntos?

—Juntos.

Camila nos mira. Sonríe.

—Eso es una playlist. 'Reconstrucción'. Voy a prepararla esta noche.

—Camila —digo.

—Ya sé. No es momento. Pero igual.

Salimos. El pasillo. El ascensor. El lobby. La calle.

Los periodistas. Las cámaras.

Sebastian me toma la mano.

—¿Lista? —pregunta.

—No. Pero vamos.

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