Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
La habitación del hotel es idéntica a todas las habitaciones de todos los hoteles en los que he dormido solo.
Cama. Mesa. Baño. Ventana que da a un edificio igual a este. Sin fotos. Sin libros. Sin la caja que dejé en el departamento. Sin nada que me recuerde que existo fuera de este cuadrado de paredes blancas.
Llevo aquí desde anoche.
No he salido. No he comido. No he dormido bien. Solo he dado vueltas en la cama, mirado el techo, releído los mensajes de Valentina una y otra vez.
"Vuelve. Por favor."
"Fue real. Es real. Hace semanas que es real."
"Desde la cocina. Desde las dos tazas. Desde que te quedaste una noche y no te fuiste a la mañana."
Cierro los ojos. Las veo. La cocina. Las dos tazas. Ella apoyada en la encimera, con el pelo desordenado, mirándome como si yo fuera la única persona en el mundo que vale la pena mirar.
Pero también veo la hoja del sobre.
"Sebastian Varel. Técnicamente funcional como ser humano."
"El menos pelotudo."
Eso no se borra. No importa cuántas veces cierre los ojos.
Me levanto. Camino hasta la ventana. No subo la persiana. Miro la luz que se filtra por las rendijas. Rayos delgados sobre la alfombra gris. Podría ser de día. Podría ser de tarde. No lo sé. Perdí la noción del tiempo hace horas.
El teléfono está sobre la mesa. Boca abajo. No quiero verlo. No quiero ver si ella escribió. Dije que necesitaba tiempo. Dije que no me escriba.
Cumplió. No escribió.
Eso es peor.
Miro la pantalla apagada. Podría escribirle. Podría decirle que ya sé lo que siento. Que el dolor no va a irse, pero que estar sin ella también duele. Que no sé cuál de los dos dolores es peor.
Pero no escribo. Porque cada vez que pienso en ella, la imagen se parte en dos. La Valentina de la cocina y la Valentina de la carpeta. La que me mira y la que se ríe. La que dice vuelve y la que dice el menos pelotudo.
Las dos son ella.
Las dos son verdad.
Y no sé vivir con ninguna de las dos.
El teléfono vibra.
Lo miro. No es Valentina. Es Mateo.
"¿Sigues en el hotel?"
"Sí."
"¿Vas a salir alguna vez?"
"No sé."
"Come algo, Sebastian. No te va a ayudar estar encerrado."
No respondo. No tengo hambre. La última vez que comí fue en el Cendra. Las aceitunas que Jorge dejó en la barra. No recuerdo haberlas comido. Pero debí hacerlo. No estoy muerto.
El teléfono vibra otra vez. Mateo.
"Llamó Valentina. Ayer. Me pidió tu ubicación. No se la di."
Mi corazón late más rápido. O más lento. No sé.
"¿Qué le dijiste?"
"La verdad. Que estás en un hotel. Que no sabía cuál. Que estabas destruido."
"¿Y ella?"
"Dijo que necesitaba verte. Que no podía quedarse esperando sin hacer nada."
Cierro los ojos. Ella quiere verme. Ella dijo necesito verte. No solo vuelve. Necesito verte.
Eso es algo.
O tal vez es peor. Porque si viene, voy a tener que mirarla. Y si la miro, voy a tener que decidir. Y no sé si estoy listo para decidir.
"¿Qué hago?", escribo.
Mateo: "No puedo decidir por ti. Pero si la quieres, deja de esconderte."
"No me escondo."
"Estás en un hotel hace dos días sin ver la luz del sol. Eso es esconderse."
Miro la ventana. Tiene razón. Llevo dos días sin salir. Las persianas bajadas. La luz apagada. El aire pesado. No pedí que limpiaran la habitación. Las sábanas están revueltas. La toalla mojada en el piso del baño.
Un desastre.
Como yo.
"¿Y si la veo y no puedo perdonarla?"
Mateo: "Entonces se lo dices. Y sigues adelante. Pero no te quedas aquí para siempre."
"Eso es fácil de decir desde afuera."
"Sí. Pero es verdad."
Apoyo el teléfono en la mesa. Me levanto. Voy a la ventana. Subo la persiana.
El sol entra. Me lastima los ojos. No los había usado en dos días.
Parpadeo. Una vez. Dos veces. La luz se vuelve soportable.
Aldenvera está ahí. La misma ciudad de siempre. La gente caminando. Los autos. Las vidas que no se detuvieron porque a mí se me rompió el corazón.
Veo un hombre con un perro. La misma plaza donde estuve con Mateo. Los mismos árboles. El mismo cielo.
En algún lugar de esa ciudad, Valentina está esperando. En el departamento. O quizás ya salió. Quizás está caminando por las calles, buscándome. O quizás se rindió.
No lo sé. No sé nada.
Miro el teléfono. El mensaje de Mateo.
"Si la quieres, deja de esconderte."
La quiero. Eso no cambió. Eso no va a cambiar, aunque duela.
Pero el dolor también es real. Y no sé si puedo convivir con los dos.
El teléfono vibra otra vez. No es Mateo. Es una noticia. Una alerta de G****e. Algo sobre el Grupo Monteclair.
Abro.
El titular:
"Filtran información sobre el matrimonio de Valentina Monteclair: ¿fue todo una estrategia para conservar el Grupo?"
Me quedo mirando la pantalla.
Bajo. Sigo leyendo.
"Según documentos filtrados, la CEO del Grupo Monteclair eligió a su esposo de una lista de candidatos. Anotaciones internas revelan frases como 'técnicamente funcional como ser humano' y calificativos que pondrían en duda la legitimidad del vínculo. Directores del Grupo ya evalúan convocar una asamblea extraordinaria para definir la continuidad de la presidenta."
Abajo, una captura. La carpeta roja. La lista. La anotación de Camila. La frase.
Todo publicado. Todo filtrado. Rodrigo no esperó. No se quedó con el sobre. Lo usó.
Miro el teléfono. La noticia ya tiene doscientos comentarios. Aldenvera está ardiendo. La gente opina. La gente juzga. La gente se burla.
"La CEO más poderosa de Aldenvera eligió marido por catálogo."
"Técnicamente funcional. Me lo guardo para mi próxima evaluación de desempeño."*
"Pobre tipo. Ni siquiera era el mejor. Era el menos peor."
Cierro el artículo.
Mi mano tiembla. No de frío. De rabia. De tristeza. De las dos cosas.
Valentina está sola. En el departamento. O buscándome. Sin saber que esto llegó. Sin saber que todo el mundo está leyendo sus frases. Sus errores. Su lista.
Y yo estoy aquí. Encerrado. Sintiendo lástima por mí mismo.
Tengo que ir. Tengo que verla. Antes de que esto la destruya.
No sé si puedo perdonarla. Pero no puedo dejarla sola con esto.
No así.
Me pongo los zapatos. Agarro las llaves. El teléfono.
Miro la habitación por última vez. La cama revuelta. La persiana subida. El sol entrando.
Salgo. El pasillo del hotel está vacío. Bajo en el ascensor. El espejo me devuelve una cara que no reconozco. Ojeras. Barba de dos días. Ropa arrugada.
Cruzo el lobby. La recepcionista me mira. No dice nada. No necesita decir nada.
Salgo a la calle.
El sol me da en la cara. No me molesta. Nada me molesta ahora. Solo importa llegar.
Camino rápido. Sin pensar. Sin dudar.
Hacia ella.







