Capítulo 39: El sobre

POV: Sebastian

El sobre llega un martes.

No hay cartero. No hay remitente. Está ahí, apoyado contra el marco de la puerta, cuando salgo a buscar el periódico de la mañana.

Blanco. Tamaño carta. Con mi nombre en el frente.

Sebastian.

La misma letra de imprenta mayúscula en las dos palabras. Alguien escribió mi nombre. Alguien sabe que vivo aquí. Alguien quiere que yo reciba esto.

Me quedo mirándolo un momento. El pasillo está vacío. El edificio está en silencio. Valentina todavía duerme en nuestra habitación, sin saber que estoy aquí con esto en la mano.

Podría tirarlo. Fingir que nunca llegó. No voy a hacerlo.

Entro al departamento. Cierro la puerta. Voy a la cocina. Dejo el sobre sobre la encimera.

No lo abro. Quiero que ella esté despierta.

La cocina está en silencio. El sol entra por la ventana que da al este. La misma luz de todas las mañanas. Las mismas tazas vacías de ayer en el escurridor.

Pero algo está distinto. El aire se siente más pesado, como antes de una tormenta.

Toco el sobre con la punta de los dedos. Espero.

Escucho pasos en el pasillo.

Valentina aparece diez minutos después. Pelo desordenado. Ojos a medio abrir. Bata puesta. La imagen de alguien que todavía no terminó de despertar pero que salió de la cama porque escuchó ruido.

O porque sintió que algo no estaba bien.

Me ve. Ve el sobre. Ve mi cara. Se detiene en la puerta.

—¿Qué es eso? —pregunta. Su voz todavía tiene sueño, pero ya hay algo más. Alerta. Desconfianza.

—No lo sé —digo—. Llegó en la puerta.

—¿Para ti?

—Dice Sebastian.

Valentina se acerca. Lee mi nombre en el sobre. Frunce el ceño.

—¿Quién lo manda?

—No tiene remitente.

—¿Entonces cómo llegó?

—Alguien lo dejó. En la puerta. No hay sello. Solo el sobre y mi nombre.

Valentina me mira. Yo la miro. Los dos sabemos que esto no es normal. Los dos sabemos que lo que sea que está adentro no va a gustarnos.

—Ábrelo —dice.

Tomo el sobre. Lo abro.

Adentro hay una sola hoja. Papel común. Impreso. Sin membrete. Sin firma.

En el encabezado, una palabra: Carpeta.

Valentina frunce el ceño. No entiende. Yo tampoco. Todavía.

Comienzo a leer en voz baja.

"Candidatos evaluados por Valentina Monteclair para matrimonio de conveniencia (selección parcial):"

Mi mano tiembla. No mucho. Lo suficiente.

Siguen seis nombres. No los conozco a todos. Algunos sí. Marcelo Fuentes, del sector ganadero. Diego Altamar, el de la aplicación Equilibra. Tomás Herrera, el político regional. Un arquitecto de cuarenta y cinco. Un médico de cincuenta.

Y abajo, después de los seis nombres, una anotación escrita a mano. No es la misma letra del sobre. Es otra. Más femenina. Más redonda.

Dice:

"Sebastian Varel, 35 años. CEO de Varel Industries. Técnicamente funcional como ser humano."

Me quedo mirando esa frase.

Técnicamente funcional como ser humano.

La leo otra vez. Una tercera.

Es mi descripción. Mi resumen. La razón por la que fui elegido.

No por lo que siento. No por quién soy. Porque soy técnicamente funcional. Como un electrodoméstico. Como una pieza que cumple los requisitos mínimos.

Eso es todo lo que fui para ella al principio. Una herramienta. La más eficiente del catálogo.

—¿Qué dice? —pregunta Valentina.

Su voz cambió. Ya no tiene sueño. Tiene miedo. Culpa. Las dos cosas.

No puedo responder.

Sigo leyendo. Hay fragmentos de una conversación. Palabras sueltas, como apuntes de alguien que escribía mientras escuchaba.

"—Necesito un marido. —Frase que nunca pensé escribir en mi agenda ejecutiva."

Eso es Valentina. Lo reconozco. Es su voz. Su ironía. Es de los primeros días. Cuando yo era solo un nombre en una lista.

"Camila: ¿Prefiere los separadores de colores por orden alfabético o por nivel de potencial?"

Camila. La asistente. La de los separadores de colores. La que me mira con esa media sonrisa como si supiera algo que yo no sé.

Ahora sé lo que sabe.

Que fui un candidato. Uno más. Que me evaluaron. Que me clasificaron. Que me pusieron en una lista junto a un ganadero machista y un médico con frases hechas.

Técnicamente funcional como ser humano.

Bajo la hoja. Apoyo las manos en la encimera.

Necesito sostenerme de algo.

—Una lista —digo. Mi voz suena rara. Más grave. Más quieta—. De candidatos. Para tu matrimonio de conveniencia.

El silencio de Valentina es más pesado que cualquier grito.

—Yo estaba ahí —digo—. Con un ganadero, un político, un médico. Y una anotación de Camila. Técnicamente funcional como ser humano.

—Sebastian...

—¿Eso soy para ti? —Levanto la cabeza. La miro—. ¿Técnicamente funcional?

—Eso fue al principio —dice Valentina. Da un paso hacia mí—. Antes de que te conociera. Antes de que esto fuera...

—¿Qué es esto ahora?

—No lo sé —dice—. Pero no es solo un contrato. Tú lo sabes.

—Lo sé —digo—. Pero esto también es verdad. Fui una opción. La que quedó después de descartar a los demás.

—No fue así.

—¿Cómo fue entonces?

Valentina no responde. No porque no tenga respuesta. Porque la respuesta no va a ser suficiente. No ahora.

—Hubo otros —digo.

—Sí —dice Valentina. No miente. La hoja está ahí—. Pero eso no significa nada ahora.

—Significa que no fui tu primera opción.

—No hubo una primera opción —dice—. Hubo una lista. Y te elegí a ti.

—¿Porque era el menos malo?

Valentina no dice nada. Su silencio es la respuesta. Eso es peor que cualquier mentira.

Leo la frase otra vez. Guardo la hoja en el sobre. Meto el sobre en mi bolsillo.

—Necesito salir —digo.

—Sebastian...

—Necesito salir —repito. La voz me tiembla.

Camino hacia la puerta.

—¿Vas a volver? —pregunta Valentina.

Me detengo. No me volteo.

La veo en el reflejo del vidrio. Está de pie, con los brazos cruzados, la bata puesta, el pelo desordenado. La mujer con la que dormí anoche. La que me dijo que sí cuando le pregunté si podía volver a su cama.

La que me eligió de un catálogo.

—No lo sé —digo.

Salgo. Cierro. El clic suave de todas las mañanas. Pero esta mañana no es igual.

El ascensor tarda siglos. Bajo. Piso doce. Once. Diez.

Podría volver. Podría abrir la puerta. Podría decirle que me quedo. Pero no puedo. Cada vez que cierre los ojos voy a ver esa frase.

Técnicamente funcional como ser humano.

Eso no se borra con un "lo siento". No se borra con una noche juntos.

Llego a la calle. Aldenvera sigue su curso, indiferente. Mi chofer no está. No lo llamé. No sé adónde ir.

Camino sin dirección. El sobre en mi bolsillo. Las palabras adentro.

Saco el teléfono. Miro la pantalla. Valentina no escribió. Tal vez está esperando. Tal vez no sabe qué decir. Tal vez yo tampoco.

Apoyo la espalda contra una pared. Cierro los ojos.

El ruido de la ciudad. Los autos. La gente yendo a sus vidas.

Yo no sé a dónde voy. Solo sé que no puedo volver. No todavía.

No sé si voy a poder volver alguna vez.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App