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Capítulo 18: La boda legal

POV: Valentina

Me caso un martes a las once de la mañana en la oficina de Peralta. Simone de Beauvoir se está revolcando en su tumba. Ernesto Monteclair, en cambio, debe estar muy satisfecho.

La oficina de Peralta tiene exactamente la cantidad de solemnidad que uno esperaría de un espacio donde se firman documentos importantes y exactamente ninguna de la que uno esperaría de una boda.

Hay una planta en el rincón.

Una sola planta.

Eso es todo el decorado.

Peralta nos recibe con la energía de alguien que lleva treinta años siendo testigo de las decisiones más importantes de la familia Monteclair y que esta mañana está siendo testigo de la más inusual de todas con la dignidad profesional que lo caracteriza y con la cara de quien claramente no durmió bien pensando en cómo manejar esto.

Camila insistió en venir.

Le dije que no era necesario.

Vino igual, con una pequeña caja de bombones que nadie pidió y la expresión de alguien que considera que este momento merece más ceremonial del que está recibiendo y que va a aportar el suyo propio independientemente de lo que opinen los involucrados.

Sebastian llega puntual.

Llevamos cuatro días sin hablar de lo que pasó con Fernando Salas. No porque lo hayamos resuelto sino porque los dos somos suficientemente profesionales para operar en paralelo cuando es necesario y porque la asamblea de Rodrigo en once días no deja espacio para conversaciones que no tienen nombre todavía.

Nos saludamos con la eficiencia de dos personas que comparten departamento y que esta semana eligieron tratarse con la distancia específica de quien sabe que algo está pendiente pero que acordó tácitamente no tocarlo todavía.

—Buenos días —dice Sebastian.

—Buenos días —digo.

Eso es todo.

Cuatro días de tensión activa resumidos en cuatro palabras. Peralta lo observa con la discreción de alguien que lleva décadas leyendo lo que la gente no dice y que esta mañana está leyendo bastante.

Nos hace sentar frente a su escritorio.

Saca los documentos.

Los revisa en voz alta con la metodología de alguien que no da nada por asumido, aunque lo haya redactado él mismo tres semanas antes.

—Contrato matrimonial civil —dice—. Valentina Monteclair y Sebastian Varel. Régimen de separación de bienes. Duración mínima según cláusula siete del testamento de Ernesto Monteclair. —Pausa—. ¿Alguna pregunta antes de proceder?

—No —digo.

—No —dice Sebastian.

Peralta asiente.

Nos pasa los documentos.

Sebastian firma primero. Lo hace con la misma cara con que firmaría cualquier otro contrato, lo cual en este contexto produce una sensación que no voy a analizar esta mañana.

Luego me pasa el bolígrafo.

Nuestros dedos se rozan.

No es un momento. Es un segundo de contacto accidental que en cualquier otra circunstancia no tendría ningún significado.

En esta circunstancia tiene el silencio específico de algo que los dos notamos y ninguno menciona.

Firmo.

Peralta firma como testigo.

—Bien —dice Peralta, recogiendo los documentos—. Legalmente son cónyuges desde este momento.

Hay cosas que el feminismo te prepara para defender. Y hay cosas que simplemente ocurren un martes.

—Felicitaciones —agrega Peralta, con el tono de alguien que acaba de darse cuenta de que esa palabra corresponde aquí y que no estaba completamente preparado para decirla después de treinta años de derecho corporativo y ninguna boda previa en su historial profesional con la familia Monteclair.

Sebastian me mira.

Yo lo miro a él.

—Gracias, Peralta —digo.

—Sí —dice Sebastian—. Gracias.

Peralta asiente con la dignidad de alguien que procesará esto más tarde, en privado, con el whisky que claramente se merece.

Camila, que lleva quince minutos siendo extraordinariamente discreta para sus estándares habituales, abre la caja de bombones.

—Para celebrar —dice, con la naturalidad de quien considera que esto es completamente apropiado.

Nadie dice nada.

Camila nos pasa un bombón a cada uno con la solemnidad específica de quien está distribuyendo algo importante. Le ofrece uno a Peralta también. Peralta lo acepta con la expresión de alguien que lleva treinta años preparándose para exactamente este tipo de situación y que de todas formas no estaba listo.

Sebastian mira el bombón.

Luego me mira a mí.

—¿Qué sabor es? —dice.

—Maracuyá —dice Camila, con autoridad.

Sebastian come el bombón con la misma cara con que firmó el contrato.

Yo también.

—Está bien —digo.

—Sí —dice Sebastian.

Camila nos mira a los dos con la satisfacción radiante de quien cumplió exactamente lo que vino a hacer.

Salimos de la oficina de Peralta a las once y cuarenta y dos.

El martes de Aldenvera sigue en marcha con la indiferencia habitual de una ciudad que no sabe que algo acaba de cambiar de manera permanente en la agenda legal de dos de sus CEOs más conocidos.

Sebastian y yo nos quedamos en la vereda un momento.

—Peralta está trabajando en el último voto —dice Sebastian—. Hay dos posibilidades.

—¿Cuáles? —digo.

—Te las manda esta tarde.

Asiento.

Hay un segundo donde ninguno de los dos se mueve hacia su chofer.

Noto que estoy esperando algo.

No sé exactamente qué.

Sebastian no lo dice.

Su chofer toca el claxon suavemente desde la esquina.

Sebastian va hacia el auto.

Yo voy hacia el mío.

Camila aparece detrás de mí.

—Jefa.

—Camila.

—El maracuyá era de muy buena calidad.

—Lo era —digo.

—¿Necesita algo más?

—No, Camila. Gracias.

Camila asiente con la dignidad de quien cumplió su misión y se retira.

Me subo al auto.

Aldenvera pasa por la ventana.

Soy legalmente la señora Varel desde hace cuarenta y dos minutos.

No me gusta cómo suena eso.

Lo que es peor: no estoy segura de que sea por las razones correctas.

Ernesto Monteclair, que en paz descanse, se está riendo.

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