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Capítulo 21: El anuncio

POV: Valentina

El anuncio lo coordinamos un jueves a las diez de la mañana con la eficiencia de dos personas que llevan semanas aprendiendo a trabajar juntas sin que ninguno de los dos lo nombre como tal.

Sebastian llega al departamento con café.

No le pedí café.

Lo trajo igual.

—¿Lista? —dice.

—Desde hace tres semanas —digo.

Lo cual es verdad en el sentido estratégico y algo más complicado en todos los otros sentidos, pero esta mañana no es el momento para esa distinción.

La declaración que le damos a Inés Carrera tiene cuatro oraciones. Las redactamos juntos la noche anterior en la cocina con la metodología de dos personas que entienden exactamente qué necesita decir un texto así y que tienen opiniones distintas sobre cómo decirlo.

Sebastian quería algo más escueto.

Yo quería algo más específico sobre el Grupo.

Llegamos a un punto medio que ninguno de los dos hubiera escrito solo y que es mejor que cualquiera de las dos versiones originales.

Eso también lo dejamos sin nombrar.

Inés publica el texto a las once y cuatro minutos con una foto que nos tomamos la semana pasada en un evento que en ese momento era solo otra aparición pública y que ahora es la imagen oficial de nuestra boda.

El texto dice: Valentina Monteclair y Sebastian Varel confirman que contrajeron matrimonio civil el pasado martes. La presidenta del Grupo Monteclair y el CEO de Varel Industries llevan tiempo construyendo una relación que Aldenvera empezó a notar hace semanas. Ambos prefieren mantener los detalles en privado.

Cuatro oraciones.

Ninguna mentira.

Ninguna verdad completa.

El equilibrio perfecto de toda buena narrativa pública.

A las once y siete suena el teléfono de Sebastian. A las once y nueve suena el mío. A las once y doce el de Sebastian otra vez.

—¿Varel Industries? —digo.

—Mi directorio quiere una explicación —dice Sebastian, con la expresión de alguien que esperaba esto y que de todas formas no lo disfruta—. ¿El tuyo?

—Peralta ya los llamó antes de que saliera el artículo.

Sebastian asiente.

—Bien pensado.

—Treinta años de derecho corporativo —digo—. Peralta no improvisa.

Algo en su expresión hace el movimiento pequeño.

Aldenvera empieza a reaccionar con la velocidad habitual de una ciudad que procesa la información de sus CEOs con la energía de alguien que lleva semanas esperando exactamente esto.

Diego Fuentes sube una foto del artículo con tres emojis de fuego y un comentario que dice algo sobre que lo sabía desde el cóctel.

Inés publica un segundo tweet que dice simplemente: lo sabíamos.

Lo cual es inexacto pero conveniente y en Aldenvera esas dos cosas frecuentemente son lo mismo.

Camila aparece en la puerta del departamento a las doce y cuarto con una bolsa de medialunas que claramente compró antes de que saliera el anuncio porque llevan demasiado tiempo en el horno para haberlas comprado después.

—Jefa —dice.

—Camila.

—Vi el artículo.

—Lo imaginé.

Camila nos mira a los dos con la expresión específica de alguien que lleva semanas acumulando evidencia y que acaba de recibir la confirmación oficial de una teoría que ya tenía completamente formada. No sobre el contrato. Sobre otra cosa que Camila lleva semanas observando con la paciencia de alguien que no necesita que le digan nada porque ya lo sabe.

—¿Necesitan algo? —dice.

—No, Camila. Gracias.

—Estoy disponible si necesitan —dice, con la serenidad de quien tiene exactamente la información correcta y ha decidido guardarla para el momento oportuno.

—Lo sé —digo.

Camila asiente.

Sale.

Sebastian me mira.

—¿Qué sabe exactamente? —dice.

—Lo del contrato —digo—. No lo otro.

—¿Lo otro?

Me mira.

Yo lo miro.

—Lo que sea que Camila cree que está pasando —digo—, que no es lo mismo que lo que está en el contrato.

Sebastian no dice nada.

Lo cual también es información.

A las dos de la tarde Rodrigo me llama.

—Felicitaciones —dice, con la calidez calculada de siempre.

—Gracias, Rodrigo.

—Fue una sorpresa.

—Las mejores cosas suelen serlo.

Silencio breve.

—Cuándo fue —dice Rodrigo. No como pregunta.

—El martes pasado —digo—. Fue algo íntimo. Solo familia cercana.

—Claro —dice Rodrigo.

Cuelga.

Rodrigo acaba de calcular que la asamblea ocurrió dos días después de la boda. Que cuando entró a esa sala yo ya tenía lo que necesitaba. Que la pregunta que plantó frente al directorio llegó demasiado tarde.

Eso va a producir algo en él.

Pero ese claro no era un cierre.

Era el inicio de otra cosa.

Sebastian sale de su estudio a las tres con el teléfono en la mano y la expresión de alguien que acaba de tener tres conversaciones simultáneas y que está procesando la cuarta.

—Rodrigo llamó —digo.

—Lo sé. A mí también.

—¿Qué te dijo?

—Felicitaciones. Y que fue una sorpresa. Con ese tono específico de quien está calculando en tiempo real lo que no supo a tiempo.

—Ya sabe que llegó tarde —digo.

—Ya sabe —confirma Sebastian—. Lo que no sabe todavía es qué hacer con eso.

A las cuatro y media llegan los mensajes.

Renata primero: Valentina Monteclair. Nos debes una junta. Esta semana. Sin excusas.

Lucía después: QUÉ. Llámame ahora mismo. Ahora. Estoy esperando.

Daniela última, con la serenidad de quien procesa las cosas antes de reaccionar: Cuando puedas nos cuentas todo. Y por todo me refiero a todo.

Los leo en orden.

Me quedo quieta con el teléfono en la mano.

Llevo semanas construyendo una narrativa para Aldenvera, para el directorio, para Rodrigo, para la prensa. Esa narrativa tiene lógica, tiene consistencia, tiene exactamente las grietas que decidí que tuviera y ninguna de las que no.

Pero Renata, Lucía y Daniela no son Aldenvera.

Son doce años de conversaciones en el restaurante de siempre, de mensajes a las dos de la mañana cuando algo se rompió, de la persona que llama cuando no quieres que nadie llame y de todas formas necesitas que alguien lo haga.

Son las personas a las que no les construí ninguna narrativa.

Porque no pensé que necesitaría una.

Porque asumí que podría darles la versión estratégica y que ellas, como siempre, tendrían la versión real.

Y ahora no tengo la versión real.

No sé cuál sería.

No sé si lo que le diría a Renata esta semana es verdad o es la narrativa tan interiorizada que ya no sé distinguir entre las dos.

Eso es nuevo.

Eso no estaba en el contrato ni en ningún cálculo que hice hace noventa días cuando leí la cláusula siete y decidí que podía manejarlo.

Sebastian está leyendo los mensajes sobre mi hombro.

No le pedí que los leyera.

Los leyó igual.

—¿Cuándo es la junta? —dice.

—No lo sé todavía.

—¿Qué les vas a decir?

—No lo sé —digo.

Y esa es la primera vez en noventa días que digo no sé y lo digo en serio.

Sebastian no dice nada.

No insiste.

Solo está ahí.

Lo cual esta tarde es exactamente lo que no pedí y lo único que sirve.

Cierro el teléfono.

El problema es que para esa junta no tengo la versión real.

Lo que es nuevo.

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