Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
Duermo mal la primera noche.
No por el departamento. El departamento está bien — la cama es cómoda, las persianas bloquean la luz, el silencio es del tipo que tienen los edificios nuevos antes de que los ruidos de los vecinos se vuelvan familiares.
Duermo mal porque a las dos de la mañana hay luz debajo de la puerta del estudio de Valentina.
Me quedo mirándola desde el pasillo durante un momento que no debería durar lo que dura.
Luego voy a la cocina.
El departamento tiene esa arquitectura específica de los espacios que todavía no son de nadie, todo está en el lugar correcto pero ninguna cosa tiene historia todavía.
La cafetera es nueva. Los vasos son nuevos. El hervidor es nuevo. Hasta el silencio es nuevo, del tipo que existe antes de que dos personas aprendan el ritmo de sus ruidos nocturnos y empiecen a moverse alrededor de ellos sin pensarlo.
Pongo agua a calentar.
Saco dos tazas.
No sé exactamente por qué saco dos. Sí sé por qué. No lo digo en voz alta ni siquiera para mí mismo.
La puerta del estudio se abre.
Valentina aparece en el pasillo con el teléfono en la mano y la expresión de alguien que lleva horas trabajando y que no esperaba encontrar a nadie en la cocina a las dos de la mañana.
—¿Qué haces levantado? —dice.
—Agua —digo.
—Son las dos.
—Lo sé.
Me mira un momento. Ve las dos tazas. No dice nada sobre las dos tazas.
Entra a la cocina.
—Peralta dice que la asamblea no tiene base legal suficiente —dice, sin preámbulo—. Rodrigo puede convocarla, pero no puede ganarla sin los votos. Y no tiene los votos todavía.
—Todavía —repito.
—Todavía.
Silencio.
—¿Estuviste trabajando desde que Camila se fue? —digo.
—Estuve trabajando desde antes de que Camila llegara —dice Valentina—. La asamblea cambia algunos cálculos. Los tiempos principalmente. Rodrigo está acelerando, lo que significa que algo lo puso nervioso o que tiene más información de la que pensamos.
—¿O las dos cosas?
Valentina me mira.
—¿Qué sabes tú que yo no sepa? —dice. La pregunta no es hostil exactamente pero tampoco es completamente neutral.
—Nada —digo—. Estoy pensando en voz alta.
—Sebastian.
—¿Qué?
—Si sabes algo sobre Rodrigo que sea relevante, necesito saberlo.
La miro.
Valentina Monteclair a las dos de la mañana en una cocina nueva es la misma Valentina Monteclair de todos los otros contextos: precisa, directa, sin el milímetro de espacio que no sea necesario.
Lo que es distinto es que estamos en el mismo departamento y que no hay ningún evento público ni ninguna reunión estratégica que explique por qué los dos estamos de pie aquí.
Solo estamos aquí porque los dos estamos despiertos.
Eso es todo.
Es suficiente para que el silencio sea distinto al de las apariciones públicas.
—No sé nada sobre Rodrigo que tú no sepas —digo—. Lo que dije fue una observación, no información.
Valentina me mira durante un momento largo.
—Está bien —dice.
—¿Me crees?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si supieras algo y no me lo dijeras sería un problema para los dos —dice—. Y no eres estúpido.
Es la versión de Valentina de un cumplido.
—¿Qué vas a hacer con la asamblea? —digo.
—Ganarla. Asegurando los votos que Rodrigo no tiene todavía antes de que los consiga. Tengo seis directores que pueden moverse si el argumento es correcto. Peralta trabaja en el argumento esta noche.
—¿Cuántos necesitas?
—Dos más de los que tengo asegurados. Con eso la asamblea no llega a nada.
—¿Y si Rodrigo consigue los suyos primero?
—No puede conseguirlos sin saber exactamente qué condiciones tiene el testamento —dice Valentina—. Y eso no lo sabe.
Me quedo quieto un momento.
—¿Estás segura de eso?
Valentina me mira.
—Bastante segura —dice. Y en bastante hay una grieta pequeña que hace dos semanas no habría existido.
El agua del hervidor hierve.
Sirvo las dos tazas.
Valentina no dice nada, pero tampoco se va.
Nos quedamos los dos en la cocina nueva con el café a las dos de la mañana y la asamblea de Rodrigo entre los dos y la caja sin abrir todavía en la entrada.
—Tenemos quince días —digo.
Valentina me mira.
—Tenemos quince días —confirma.
Y eso, que debería ser solo una declaración de tiempo disponible, suena como otra cosa completamente distinta y los dos lo sabemos y ninguno de los dos lo dice.
—¿Por qué no abriste la caja? —dice Valentina.
La pregunta me toma desprevenido.
No porque sea difícil. Sino porque es la primera vez esta noche que pregunta algo que no tiene nada que ver con Rodrigo ni con el plan ni con ninguna variable estratégica. Es una pregunta sobre mí. Solo sobre mí.
—No había apuro —digo.
—Llevas aquí ocho horas.
—Lo sé.
—¿Qué hay adentro?
La miro.
—Cosas —digo.
—¿Qué tipo de cosas?
No tengo una respuesta que suene correcta. Lo que tengo es la verdad, que es que la caja tiene tres libros y una foto que no debería tener en una caja de mudanza pero que metí de todas formas.
Una foto de hace dos años. De la sala de reuniones del Grupo Monteclair. Del día que Valentina rechazó la propuesta de fusión en veinte minutos con una frase que no olvidé. La guardé esa misma noche sin saber exactamente por qué. Llevo dos años sin responderme esa pregunta. Esta noche tampoco tengo respuesta.
—Cosas que necesito —digo.
Valentina me mira con la expresión de alguien que sabe que eso no es toda la respuesta.
—Está bien —dice finalmente.
Termina el café.
Deja la taza en el fregadero.
—Mañana a las ocho tengo llamada con Peralta —dice—. Si quieres estar puedes estar.
No dice si quieres ayudar. Dice si quieres estar.
—A las ocho —digo.
Valentina asiente.
Se va al estudio.
La luz vuelve a aparecer debajo de la puerta.
Me quedo en la cocina con el café y la caja sin abrir y la certeza incómoda de que esta noche, en este departamento que todavía no huele a nada de los dos, pasó algo que no estaba en el contrato.
No sé exactamente qué.
Pero sé que cuando Valentina dijo tenemos quince días yo no lo corregí.
Y que no quería corregirlo.
Y que hay una foto en esa caja que no voy a sacar esta noche porque si la saco voy a tener que admitir algo sobre por qué la metí.
Mañana.
O tal vez nunca.







