Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
El último voto llega a las ocho y cuarenta y siete de la mañana.
Un mensaje de Peralta. Tres palabras: Director Fuentes confirmado.
Lo leo dos veces.
Dejo el teléfono sobre la mesada de la cocina y me sirvo el café con la calma de alguien que acaba de recibir exactamente lo que necesitaba y que tiene cincuenta minutos antes de tener que estar en la sala del directorio.
Índice Dow me mira desde el suelo con la indiferencia habitual.
—Ganamos —le digo.
Índice Dow no tiene opinión sobre eso.
Justo.
Me visto con el traje que elegí el domingo — el azul oscuro que Ernesto siempre dijo que era demasiado serio para mi edad y que por eso mismo uso en las reuniones más importantes. Si vas a entrar a una sala a ganar, vístete para ganar. Y si encima el traje le hubiera parecido excesivo a tu abuelo, mejor todavía.
La sala del directorio del Grupo Monteclair tiene dieciséis sillas, una mesa que Ernesto mandó hacer en los años noventa con la convicción de alguien que construía para la eternidad, y ventanas que dan al norte con una vista de Aldenvera que en treinta años no cambió lo suficiente para que alguien lo note.
Conozco esta sala desde que tenía doce años.
La primera vez que entré fue con Ernesto, un domingo, cuando el edificio estaba vacío y él me explicó qué hacía cada persona que normalmente ocupaba cada silla. Me dijo que algún día iba a sentarme en la cabecera. No como pregunta. Como dato.
Lo que no me dijo es que iba a tener que pelear para quedarme ahí.
Lo que tampoco me dijo es que la cláusula que escribió para protegerme iba a ser la misma que me forzaría a casarme un martes en la oficina de su abogado.
Ernesto Monteclair tenía muchas virtudes. La transparencia no era una de ellas.
Llego antes que todos.
Me siento en la cabecera.
Los directores llegan en el orden de siempre. Saludos, café, la conversación paralela de personas que se conocen hace años y que saben que hoy hay algo distinto en el aire pero que mantienen el protocolo mientras pueden.
Rodrigo llega último.
Me mira.
Le sonrío con la calidez específica de prima en reunión familiar que no tiene nada que temer.
Rodrigo no sonríe de vuelta.
Lo cual dice algo sobre lo que él sabe.
Peralta abre la sesión a las diez en punto.
—Asamblea extraordinaria convocada por el accionista Rodrigo Monteclair —dice—. Punto único del orden del día: revisión de la estabilidad del liderazgo ejecutivo del Grupo Monteclair. Tiene la palabra el convocante.
Rodrigo se pone de pie.
Y entonces hace lo que Rodrigo siempre hace: parece razonable.
Habla de continuidad. De incertidumbre. De rumores que circulan en Aldenvera sobre condiciones no cumplidas en el testamento de Ernesto. Habla con la preocupación genuina de un familiar que solo quiere lo mejor para la empresa que su abuelo construyó.
Es una actuación perfecta.
Lo sé porque yo también la ensayé alguna vez, aunque nunca la usé.
Cuando termina me mira.
—Entiendo que hay condiciones en el testamento que afectan la presidencia —dice—. Me parece razonable pedirle a la presidenta que aclare si esas condiciones están siendo cumplidas.
La sala queda en silencio.
Catorce pares de ojos me miran.
Me pongo de pie.
—Las condiciones del testamento de Ernesto Monteclair son de carácter privado —digo—. Lo que puedo decirle a este directorio es que están siendo atendidas con la misma seriedad con que atiendo cualquier responsabilidad de esta empresa. Los números del último trimestre están en sus carpetas. El pipeline para el próximo año también. Eso es lo que les pido que evalúen hoy.
Rodrigo no se rinde.
—Con todo respeto —dice—, la pregunta no es sobre los números. La pregunta es sobre la continuidad del liderazgo. Si hay condiciones que Valentina no puede cumplir, el directorio tiene derecho a saberlo.
—El directorio tiene derecho a evaluar el desempeño de la presidencia —digo—. Que es exactamente lo que propongo que hagamos.
—¿Puedes confirmar que las condiciones están cumplidas?
Lo miro.
Rodrigo me mira.
La sala contiene la respiración.
—Puedo confirmar que esta empresa está en el mejor momento de su historia —digo—. Y que voy a seguir dirigiéndola.
No es una respuesta a su pregunta.
Los dos lo sabemos.
La sala también lo sabe, aunque la mayoría no entienda exactamente qué no respondí.
Rodrigo se sienta.
Peralta llama a votación.
Los resultados son los que calculé: nueve a favor de mantener el liderazgo actual, cinco en contra. Rodrigo tiene sus tres votos más dos que consiguió en algún momento de la semana pasada. Uno de esos dos es un director que lleva años siendo el termómetro del humor del directorio. Que Rodrigo lo haya conseguido significa que la pregunta que plantó hoy no cayó en tierra completamente estéril.
No es suficiente para ganar hoy.
Pero es información para después.
Peralta cierra la sesión.
Los directores empiezan a levantarse. Conversaciones paralelas, café de cierre, el ritual de salida de personas que saben que algo importante acaba de ocurrir y que van a procesarlo en privado.
Rodrigo se acerca.
—Bien jugado —dice, con la sonrisa de alguien que perdió esta batalla y que ya está pensando en la siguiente.
—Gracias por convocar la asamblea —digo—. Siempre es útil que el directorio reafirme su confianza en la presidencia.
Rodrigo me mira un momento.
—La pregunta sigue sin respuesta, Valentina.
—La mayoría del directorio no pareció necesitarla —digo.
—Todavía no —dice Rodrigo.
Se va.
Me quedo en la sala del directorio con la mesa de Ernesto y las ventanas que dan al norte y la certeza de que Rodrigo tiene razón en una cosa: la pregunta sigue sin respuesta pública.
Lo que no sabe es que la respuesta ya existe.
Que existe desde el martes a las once de la mañana en la oficina de Peralta.
Que existe en un documento que voy a revelar cuando me convenga, no cuando él lo fuerce.
Abro el chat con Sebastian.
Escribo: Nueve a cinco. Ganamos. ¿Dónde estás?
Borro la última pregunta.
Envío: Nueve a cinco. Ganamos.
Tres puntos de que está escribiendo.
Luego: Bien.
Lo miro un momento más de lo necesario.
Acabo de ganar una asamblea extraordinaria con nueve votos y lo que recibo es una palabra de cuatro letras.
No sé por qué eso me importa.
Lo guardo en el bolso.
Salgo de la sala.
Aldenvera me recibe con el ruido habitual de un miércoles que no sabe que acaba de pasar algo importante.
El Grupo Monteclair sigue siendo mío.
Debería ser suficiente.
Aunque por ahora tenga un límite de tiempo que Rodrigo todavía no conoce.
Y aunque el único mensaje que recibí hoy después de ganar sea una palabra de cuatro letras que no sé por qué sigo mirando.







