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Capítulo 20: Lo que no preguntamos

POV: Sebastian

Valentina llega al departamento a las dos y cuarto.

Lo sé porque escuché la puerta y miré el teléfono sin ninguna razón estratégica para hacerlo.

Llevo tres horas trabajando desde el estudio con la mitad de la atención en la pantalla y la otra mitad en algo que no tiene nombre todavía pero que desde el mediodía se parece mucho a esperar.

No lo nombro.

—Nueve a cinco —digo, desde el pasillo.

—Ya lo sabes —dice Valentina, dejando el bolso sobre la mesada de la entrada.

—Lo mandaste tú. Yo respondí.

—Respondiste bien.

—Sí.

Valentina me mira con la expresión de alguien que acaba de decir algo que no tenía intención de decir y que está evaluando si reconocerlo o seguir adelante como si nada.

Elige seguir adelante.

—Rodrigo tiene dos votos nuevos —dice—. Uno de ellos es Torres del sector industrial. Significa que la pregunta que plantó hoy tuvo más efecto del que pareció en el momento. No ganó la asamblea. Pero plantó la semilla y consiguió que dos directores la regaran.

—Lo noté —digo—. ¿Cómo manejó la sala cuando esquivaste la pregunta?

—Como siempre. La mitad lo entendió. La otra mitad no necesitó entenderlo para votar bien.

—¿Y Rodrigo?

—Rodrigo salió sabiendo que perdió y que la pregunta sigue en el aire. —Pausa—. Lo cual es exactamente lo que quería. No ganar hoy. Plantar algo para después.

—¿Y la semilla?

—Está plantada —dice—. No puedo hacer nada con eso todavía.

Hay algo en su tono que no es derrota, pero tampoco es la victoria limpia que los números sugerirían.

Valentina va a la cocina.

Yo voy detrás sin haber decidido hacerlo.

Saco dos vasos.

Los lleno.

Le paso uno.

Valentina lo toma sin comentarlo, lo cual después de semanas en este departamento es su versión de gracias por pensar en mí.

—¿Desayunaste antes de entrar? —digo.

Valentina se detiene.

Me mira.

—¿Qué? —dice.

—Que si desayunaste. Antes de la asamblea.

—Sebastian.

—Es una pregunta.

—Es una pregunta rara.

—¿Desayunaste?

Valentina me mira un momento con la expresión de alguien que está intentando encontrar la variable estratégica detrás de la pregunta y que no la encuentra porque no hay ninguna.

—Café —dice finalmente—. No tuve tiempo para más.

—Eso no es desayuno.

—Lo sé.

—Ganaste una asamblea extraordinaria con café en el estómago y un traje que Ernesto hubiera dicho que era demasiado serio para tu edad.

Valentina me mira.

—¿Cómo sabes lo del traje?

—Porque lo usas cuando quieres ganar algo importante —digo—. Lo usaste en la primera aparición pública. Lo usaste en el lanzamiento de Aldenvera Tech. Lo usaste hoy.

El movimiento pequeño en su expresión. El que significa que algo llegó a un lugar que no esperaba.

—¿Pensaste en él cuando te sentaste en la cabecera? —digo.

El silencio que sigue es distinto a todos los silencios anteriores de esta cocina.

Valentina mira el vaso.

—¿Por qué preguntas eso? —dice.

—Porque es su mesa. Y es tu silla. Y los dos estuvieron ahí hoy, aunque solo uno de los dos pudiera verlo.

Valentina no responde de inmediato.

Hay un momento donde no sé si fui demasiado lejos. Hay cosas que Valentina no nombra en voz alta y que aprendí a leer en los márgenes de las conversaciones que sí tenemos.

La relación con Ernesto es una de esas cosas.

La rabia con él. El amor con él. La cláusula que es las dos cosas al mismo tiempo y que Valentina no puede procesar sin tocar las dos simultáneamente.

—Sí —dice finalmente.

Solo eso.

No lo desarrolla. No lo analiza. No lo convierte en dato ni en observación ni en ironía.

Solo sí.

Lo cual en Valentina es más que cualquier párrafo que podría haberme dado.

—¿Fue difícil? —digo.

—Fue las dos cosas —dice—. Difícil y necesario. Como la mayoría de las cosas que valió la pena hacer.

Me mira.

—¿Por qué preguntas estas cosas? —dice. Y esta vez no es una pregunta defensiva. Es genuinamente otra cosa.

—Porque estuve pensando en cómo fue para ti esta mañana —digo—. No en los votos. En cómo fue.

Valentina me mira durante un momento largo.

El tipo de mirada que tiene cuando está procesando algo que no encaja en ninguna categoría disponible y que necesita un segundo para decidir qué hacer con eso.

—Bien —dice finalmente.

—¿Bien bien o bien porque es lo que dices?

Valentina reconoce la frase. Es la misma que alguien le hizo a ella una vez. Que yo se la haga ahora tiene un peso distinto y los dos lo sabemos.

—Bien —repite. Pero esta vez hay algo diferente en cómo lo dice.

No es el bien de cierre.

Es otro bien.

Uno que no sé exactamente cómo leer todavía pero que claramente no es lo mismo que antes.

—Gracias por los votos —dice Valentina—. Por Salas.

—Ya sé que no tenía que haberlo hecho sin avisarte.

—No. Pero funcionó. Y hoy me ayudó tener ese voto asegurado antes de entrar a esa sala.

—Lo sé.

—Eso no lo justifica retroactivamente.

—Lo sé también.

—Pero lo reconozco igual —dice Valentina.

Silencio.

Es el primer reconocimiento limpio desde el martes de la semana pasada. No es una disculpa de ninguno de los dos. No es una resolución. Es algo más honesto que eso — dos personas que están dispuestas a ver lo que pasó sin necesitar que quede perfectamente cerrado para poder seguir.

—¿La caja? —dice Valentina, mirando hacia la entrada.

La caja sigue ahí.

—Mañana —digo.

—Llevas varios mañanas con eso.

—Lo sé.

Valentina asiente.

No insiste.

Se va a su estudio.

Me quedo en la cocina con los dos vasos de agua y la certeza de que esta tarde pasó algo que tampoco estaba en el contrato.

Diferente al enfrentamiento del martes pasado.

Diferente a las dos de la mañana del primer día.

Diferente al bien de hace un rato que no era el bien de siempre.

Sé que ninguno de los dos estaba hablando de lo que decía que estaba hablando.

Y que esta vez ninguno de los dos hizo el movimiento de alejarse primero.

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