Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
A las ocho en punto estoy en el estudio de Valentina con el café que hice mientras ella terminaba la llamada con Peralta.
No me lo pidió.
Lo hice igual.
La llamada dura cuarenta minutos. Escucho la mitad desde el pasillo antes de entrar, no por discreción sino porque Valentina habla con Peralta con la velocidad y la precisión de alguien que no necesita pausas para pensar y que asume que el otro puede seguirle el ritmo.
Peralta puede. Lleva treinta años haciéndolo.
Cuando cuelga me mira.
—Dos directores confirmados —dice—. Faltan dos más.
—¿Quiénes son los más movibles?
Valentina me pasa una lista. La leo. Conozco tres de los seis nombres, no bien, pero lo suficiente para tener una lectura de cómo piensan y qué los mueve.
Uno de ellos, Fernando Salas, fue socio de mi padre hace quince años antes de pasarse al sector de inversión. Nos cruzamos dos veces en eventos del sector. Me debe un favor que nunca cobré porque no había tenido razón para cobrarlo.
Esta es la razón.
No se lo digo a Valentina.
Le digo que voy a revisar los perfiles de los directores y que la llamo en la tarde. Valentina asiente con la eficiencia de alguien que tiene demasiado en qué pensar para cuestionar una oferta de ayuda razonable.
Lo cual hace lo que hago a continuación más fácil de justificar y más difícil de defender al mismo tiempo.
Llamo a Fernando Salas a las once de la mañana.
La conversación dura doce minutos.
Fernando es del tipo de persona que toma decisiones rápido cuando confía en quien le habla y que no necesita que le expliquen todo si el argumento central es sólido.
El argumento central es sólido: Valentina tiene el Grupo en su mejor momento en diez años, la asamblea de Rodrigo es oportunista, y votar en contra de la presidencia actual en este momento específico es apostar contra los números.
Fernando escucha.
Hace dos preguntas.
Dice que lo piensa. Que probablemente sí. Que le parece bien lo que estoy haciendo.
Esa última frase me hace notar algo que no había notado durante los doce minutos anteriores: que en ningún momento de la conversación mencioné que lo estaba haciendo por un contrato o por una alianza estratégica o por ninguna razón que no fuera que Valentina tiene razón y Rodrigo no.
Cuelgo.
Me quedo mirando el teléfono más tiempo del necesario.
Luego llamo a Valentina.
—Habla con Peralta sobre Fernando Salas —digo—. Creo que está disponible.
—¿Cómo sabes? —dice Valentina.
Pausa de dos segundos que no debería existir.
—Tengo información sobre cómo piensa —digo—. Valió la pena revisarlo.
Valentina no responde de inmediato.
—¿Revisarlo cómo? —dice.
—Investigué su historial de votos y sus relaciones en el directorio.
Silencio.
—Sebastian.
—¿Qué?
—¿Hablaste con Fernando Salas?
No tiene sentido negarlo.
—Sí —digo.
El silencio que sigue es distinto a todos los silencios anteriores.
—Ven al departamento —dice Valentina.
Cuelga.
Llego veinte minutos después.
Valentina está de pie en el living con la precisión específica de alguien que eligió estar de pie deliberadamente, que eligió este espacio deliberadamente, que tiene todo calculado menos lo que va a decir primero.
—¿Por qué? —dice.
—Porque funcionaba —digo—. Fernando me debe un favor. Era el movimiento correcto.
—¿El movimiento correcto según quién?
—Según cualquier análisis del tablero.
—Sebastian. —Su voz cambia de tono—. ¿Por qué no me lo dijiste antes de hacerlo?
—Porque lo vi claro y actué. No había tiempo que perder.
—Había tiempo suficiente para una llamada de cinco minutos.
—Valentina.
—Esto es mi empresa —dice—. Llevo diez años siendo la única persona en esta familia que la hizo crecer sin que nadie me lo pidiera. No necesito que un hombre tome decisiones por mí, aunque sean correctas.
—No tomé una decisión por ti —digo—. Tomé una decisión para el mismo objetivo que los dos tenemos.
—No es lo mismo.
—Estratégicamente es exactamente lo mismo.
—No estamos hablando de estrategia —dice Valentina.
Se da cuenta de lo que acaba de decir.
Yo también.
Hay un momento donde ninguno de los dos dice nada.
—Entonces actúa como si lo supieras —dice, recuperando el tono—. No tomas decisiones sobre mi directorio sin consultarme. No llamas a mis contactos sin avisarme. No actúas dentro de esto como si fuera tuyo también.
El último como si fuera tuyo también cuelga en el aire entre los dos.
—Entendido —digo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—¿Qué quieres que diga?
—Que no lo vas a volver a hacer.
—No lo voy a volver a hacer sin avisarte primero.
—Sin hacerlo —dice Valentina—. No solo sin avisar.
La miro.
—El movimiento con Salas fue correcto —digo—. El resultado va a confirmarlo.
—No me importa si fue correcto —dice—. Me importa que lo hiciste sin preguntarme.
Silencio.
Valentina espera.
Yo también.
—Está bien —digo finalmente.
—¿Está bien qué?
—Que no voy a actuar dentro de esto sin consultarte primero.
Valentina me mira durante un momento largo. Ese tipo de mirada que tiene cuando está procesando algo que no es lo que parece ser. Cuando lo que escuchó no coincide exactamente con lo que esperaba escuchar y necesita un segundo para entender por qué.
—Bien —dice finalmente.
Se va a su estudio.
Cierra la puerta.
No con fuerza. Con la precisión de alguien que eligió exactamente cuánta fuerza usar.
Me quedo donde estoy más tiempo del necesario.
Luego saco el teléfono.
Abro el chat con Mateo.
Escribo: Necesito contarte algo.
Lo miro.
Lo borro.
Guardo el teléfono.
Hay cosas que no se pueden contar todavía porque contarlas implicaría tener un nombre para lo que pasó. Y esta tarde todavía no tengo ese nombre.
Me quedo en el living del departamento neutral que esta tarde se siente menos neutral que antes.
Fernando Salas va a confirmar su voto mañana.
Eso va a ayudar a Valentina.
Ella va a saberlo.
Y eso no va a cambiar nada de lo que acaba de pasar.
No fue sobre Salas
Y los dos lo sabemos.
Y ninguno de los dos va a hacer nada con eso esta noche.
La puerta del estudio de Valentina está cerrada.
La caja sigue sin abrir en la entrada.
Hoy tampoco es el día.







