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Capítulo 11: Lo que Isabel no dijo

POV: Isabel

Hector Monteclair llama a las diez y media y yo ya sé que es él antes de mirar la pantalla porque a esta hora solo llama él.

Es el hermano menor del padre de Valentina. El tío que las cenas familiares ignoran con la eficiencia de quien lleva décadas practicando. Hector aprendió a moverse en los márgenes con una precisión que la mayoría confunde con invisibilidad.

Yo no lo confundí nunca. Llevamos tres años juntos — la mitad del tiempo que llevo siendo amiga de Valentina, si es que esa palabra todavía aplica.

—El artículo de Inés salió esta mañana —dice.

—Lo vi. Está bien escrito. Nada concreto, todo sugerido.

—Rodrigo quiere saber si es real o si están construyendo algo para tapar otra cosa.

—¿Qué tipo de algo?

—Las condiciones del testamento. Todavía no sabemos cuáles son.

—Lo sé. Estoy en eso.

—¿Puedes llamar a Valentina hoy?

—Ya iba a hacerlo.

Hector hace una pausa breve, del tipo que hace cuando está satisfecho, pero no lo dice porque no hace falta.

—Bien —dice—. ¿Almorzamos el jueves?

—El jueves tengo mediación hasta las tres.

—A las cuatro entonces. El lugar de siempre.

—A las cuatro —confirmo.

Cuelga.

Me sirvo el café que lleva diez minutos enfriándose sobre el escritorio y abro el chat con Valentina.

Escribo: ¿Tienes cinco minutos?

Valentina responde en dos minutos: Llama.

Llamo.

—Vi el artículo de Inés —digo.

—Todo Aldenvera vio el artículo de Inés —dice Valentina.

—Rodrigo me llamó antes de que saliera. Para preguntarme si sabía algo. Le dije que no.

Verdad parcial. Le dije que no sabía nada sobre el artículo de Inés. Lo que sé sobre los movimientos internos del Grupo, sobre las reuniones que Valentina canceló la semana que leyó el testamento, sobre los nombres que aparecen en su agenda y los que desaparecieron — eso Rodrigo ya lo tiene desde hace semanas. Yo se lo di.

—¿Y? —dice Valentina.

—Y nada. Solo quería que supieras que está moviendo fichas.

—Rodrigo siempre está moviendo fichas. Es su deporte favorito después de respirar y antes de sonreír frente al espejo.

Me río. Valentina siempre fue graciosa. Es uno de los datos que tengo sobre ella, igual que sé qué café toma y qué reuniones la agotan y qué decisiones corporativas tomó el mes pasado que Rodrigo encontró muy interesantes.

Todo dato útil.

—¿Cómo está todo con Sebastian? —digo.

Quiero saber si hay algo que valga la pena reportar. Si la narrativa tiene grietas por donde entrar.

—Bien —dice Valentina.

—¿Bien bien o bien porque es lo que dices? —digo. Con el tono de amiga de siempre, no de investigadora.

Pausa.

—Bien —repite Valentina. Pero la pausa ya dijo algo.

—Val. Llevan tres semanas en los mismos eventos, el artículo de Inés, y ahora van a vivir juntos. Eso es mucho en poco tiempo. ¿Es lo que querías?

—Es lo que necesitaba —dice Valentina.

Anoto esa diferencia mentalmente. No es lo que quería. Es lo que necesitaba.

—Claro —digo—. Cuídate, Val.

—Siempre —dice.

Cuelga.

Abro el chat con Hector.

Escribo: Todo bien de su lado. Están construyendo la narrativa pero algo es real. No sé cuánto todavía. Hay una diferencia entre lo que quería y lo que necesitaba. Eso puede ser útil.

Envío.

Me termino el café.

Tengo una reunión en veinte minutos.

POV: Valentina

La cena con Renata es a las nueve en el restaurante de siempre, el que tiene las mesas suficientemente separadas para tener conversaciones que no quieres que escuche nadie y suficientemente cerca para que parezca que no te importa si te escuchan.

Renata llega puntual con la energía de alguien que lleva días guardando preguntas y que esta noche decidió que es suficiente.

—El artículo de Inés —dice, antes de sentarse.

—Hola, Renata.

—Hola. El artículo de Inés.

—¿Qué pasa con él?

—Que dice que llevan tiempo. En plural. Tiempo en plural implica semanas, meses. ¿Cuánto es tiempo, Val?

Me sirvo agua con la calma de quien compró exactamente este tiempo para exactamente esta pregunta.

—El suficiente —digo.

—Eso le dijiste a Inés. A mí me puedes decir más.

—A ti te puedo decir lo mismo que a Inés porque lo que le dije a Inés es la versión más precisa disponible.

Renata me mira con esa mirada que tiene cuando está a punto de decir algo que sabe que no quiero escuchar y que va a decir igual porque llevamos doce años siendo amigas y ese es exactamente el trato.

No se acepta devolución.

—Val. Llevas tres semanas mencionando a este hombre en cada conversación que tenemos. Y ninguno de esos temas es sobre negocios. Son sobre cómo piensa. Cómo reacciona. Lo que dijo en el cóctel. Lo que no dijo después.

Tomo el menú.

Lo abro.

No lo leo.

—Es relevante conocer bien a la persona con quien vas a vivir —digo.

Renata deja el tenedor sobre el plato.

—¿Van a vivir juntos?

—Es parte del proceso —digo.

—¿Qué proceso, Val? Hace tres semanas no sabías que existía y ahora van a compartir dirección.

—Tres semanas es suficiente tiempo para tomar decisiones cuando las circunstancias lo requieren.

—Eso no es lo que le dirías a cualquier otra persona.

—A cualquier otra persona no le estaría pasando esto.

Renata me mira un momento largo.

—¿Estás bien? —dice. Y esta vez no es una pregunta sobre Sebastian. Es otra pregunta.

Hay una respuesta corta y una respuesta real y en este momento solo tengo disponible la corta.

—Estoy bien —digo.

Renata asiente despacio, con la paciencia de quien decidió no empujar más esta noche pero que claramente registró todo lo que no dije.

—Claro —dice finalmente—. Completamente relevante. Por supuesto.

Pido el risotto.

Renata pide lo mismo de siempre.

La conversación deriva. Hablamos de trabajo, de Lucía que está considerando mudarse de barrio, de una exposición que Daniela recomienda con la seriedad de quien recomienda una sentencia judicial.

Hablamos de todo menos de lo que Renata vino a hablar.

Porque Renata dejó espacio esta noche.

Lo que significa que el tema no está cerrado. Solo pospuesto hasta la próxima vez que tenga menos defensas disponibles, que en la experiencia de doce años de amistad con Renata Solís es siempre antes de lo que calculo.

Renata es muy paciente cuando quiere algo.

Es, objetivamente, su peor característica.

Llego a casa a las once y cuarto.

Índice Dow me recibe con la indiferencia habitual de quien tiene sus propias prioridades y no incluye mi horario entre ellas.

Me sirvo agua.

Abro el teléfono sin ninguna razón específica, el gesto automático de quien lleva semanas monitoreando más canales de los habituales.

Alerta de G****e. Once y dieciséis de la noche.

El titular dice: «Testamento Monteclair: ¿qué condiciones específicas debe cumplir la CEO para conservar la presidencia del Grupo?»

Me quedo quieta en la cocina con el vaso de agua en la mano y la pantalla iluminando el silencio.

Leo el titular de nuevo.

Condiciones específicas.

Alguien que sabe algo habló. No todo, porque si supieran todo el titular sería distinto y yo ya estaría respondiendo llamadas. Pero algo. Lo suficiente para que mañana Aldenvera empiece a hacer preguntas que hasta ahora no tenía.

Dejo el vaso sobre la mesada.

Abro el chat con Sebastian.

No escribo nada todavía.

Alguien habló.

La pregunta no es quién.

La pregunta es cuánto saben.

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