Los besos fueron en aumento, cada uno más profundo que el anterior, hasta que Tiago la levantó con facilidad, acomodándola sobre su cadera. Sus manos firmes la sujetaban como si fuera algo demasiado preciado para dejar caer. La pegó contra la pared, y su boca se apoderó de su cuello con un hambre apenas contenida.
Sus labios recorrían la piel sensible de Jimena, dejando un rastro ardiente que la hizo estremecerse. Su mano descendió lentamente por el lateral de su pierna, acariciando con la yema