El impacto contra el agua helada fue como chocar contra una pared de concreto. El silencio de las profundidades envolvió a Mia, pero sus brazos no cedieron; apretaba el cuerpo inerte de Leo con una fuerza que desafiaba la física del océano. Emergió a la superficie jadeando, tragando aire y salitre, justo cuando la mano de Antonio la sujetaba por el cuello del chaleco, arrastrándola hacia la balsa sumergible que Marcos había posicionado en la base del acantilado.
No hubo tiempo para el alivio. En cuanto subieron a la pequeña nave, Antonio selló la escotilla y el sumergible se hundió en el azul profundo, alejándose de la isla que ahora ardía bajo el fuego de la Junta. En la penumbra de la cabina, solo iluminada por el resplandor de los radares, Antonio se abalanzó sobre Leo. Sus dedos buscaron frenéticamente el pulso en el cuello del niño.
—Sigue en estado de latencia —susurró Antonio, su voz temblando por la adrenalina—. Pero esa voz, Mia... la voz en el radio... era él. Mi padre no m