El bosque estaba sumido en un silencio gélido, roto solo por el crujido de las botas de los hombres de Elena sobre la hojarasca. Mia miraba a la mujer que tenía delante, la madre de Antonio, y no veía rastro de humanidad. Elena no quería un nieto; quería una patente biológica.
—¿Anticuerpos? —susurró Mia, apretando a Leo contra su pecho—. ¿Me estás diciendo que todo este tiempo, mientras mi hijo se moría, tú solo veías una oportunidad de negocio?
—El mundo no se mueve con amor, Mia. Se muev