La opulencia de la villa en Ginebra se sentía como una mortaja de seda. Alessandra —el nombre que ahora debía portar como una marca de hierro— observaba el reflejo de las montañas en el lago desde su escritorio de nogal. Ya no vestía los trajes sencillos de asistente; ahora lucía vestidos de diseñador que ocultaban las cicatrices invisibles de su paso por la Torre Sepúlveda. A su lado, en una cuna tecnológica de alta gama, Leo dormía con una respiración asistida pero estable. El niño era su única brújula en un mundo donde su padre biológico, Julián Varga, jugaba a ser un dios benevolente mientras sostenía un cuchillo a su espalda.
Mia pasó los dedos por la esquina del documento donde había visto el dibujo del fénix. El mensaje "Pronto" latía en su mente como un pulso eléctrico. Si Antonio estaba vivo, cada cámara de seguridad, cada escolta de su padre y cada sirviente en esa casa era un obstáculo mortal. Julián entró en la estancia sin llamar, con esa elegancia depredadora que Mia ya