—¿Qué? ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Se supone que lo conozco? —Su voz temblaba de incertidumbre; sus ojos buscaban mi rostro y su cerebro escaneaba posibles lugares donde pudimos habernos conocido.
—No —respondí simplemente.
—Entonces, ¿cómo sabe mi nombre, señor?
Tomé un puro de la mesa y dejé el vaso que sostenía, apartando la vista de ella un momento para recorrer el salón. Mis ojos encontraron a Doña Esperanza. Parecía que la habían llamado. Ella y la supervisora de Alice miraban en mi dirección.