El golpe sonó una vez. Agudo. Preciso. Intencional.
Levanté la vista desde donde estaba sentada en el borde de mi cama, con los dedos aún envueltos sin fuerza alrededor del libro que no había estado leyendo. El silencio que siguió al golpe se estiró lo suficiente como para hacer que algo en mi pecho se apretara.
—Adelante —dije.
La puerta se abrió sin vacilar.
No era una de las mucamas a las que estaba acostumbrada. Ni siquiera María. Me enfrenté a una de las amigas de Nina. Estaba más erguida