—No volveré jamás.
—Señora... ¿de verdad se va? —preguntó Silvia, plantada en la entrada, mientras se jugaba las lágrimas.
Era la única sirvienta que aún quedaba desde mi llegada. La única que me había tratado como a una hija, con genuino cariño. Y supe que solo ella lloraría mi partida con lágrimas auténticas.
—Deberías felicitarme —dije, sonriéndole y tomándole las manos con cariño—. Esto es una verdadera liberación para mí.
Diego actuó con eficiencia empresarial: en cuestión de horas, t